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A un mes de reanudar el juicio contra Ríos Montt

El poder ha tratado de silenciar la historia sangrienta de este país.

Marcela Gereda

En agosto pasado, el Tribunal programó para el 11 de enero de 2016 el inicio de un nuevo juicio contra José Efraín Ríos Montt a puerta cerrada, dada su “demencia” y “senilidad”.

Somos hijos de una cultura del terror. Aunque la violencia bestial y las atrocidades de la década de los ochenta son más que evidentes, la impunidad y la inversión por la negación de lo ocurrido parece seguir siendo la regla en esta ley de la selva.

El poder ha tratado de silenciar la historia sangrienta de este país. Una ceguera optativa pone en entredicho los hechos y nos compromete a seguir contando las injusticias para dar lugar a las víctimas y con ellas y desde ellas, escribir /esa/ historia del país que la elite quiere eliminar.

Marcela Gereda

Ese hombre que para algunos es un demonio y para otros un dios, Ríos Montt, enfrenta cargos por genocidio, por la muerte durante su régimen de facto de 1,771 indígenas ixiles a manos del Ejército.

Fue el 10 de mayo de 2013 cuando el tribunal declaró culpable de esos delitos al ex Jefe de Estado y lo condenó a 80 años de prisión. Diez días después, bajo el influjo de una propaganda estratégica a favor del general, la Corte de Constitucionalidad anuló la sentencia por supuestos errores en el proceso legal y ordenó retrotraer el caso.

En un campo pagado publicado días antes de dicha retracción: /Traicionar la Paz y dividir a Guatemala/, se advirtió que “la acusación de genocidio en contra de oficiales del Ejército de Guatemala” constituía “una acusación, no solo contra los oficiales o contra el Ejército”, y que esto “implicaba agudizar la polarización” y “peligraba la paz hasta ahora alcanzada”.

Cualquier persona con dos dedos de frente se pregunta: ¿Cuál paz alcanzada? Ricardo Falla, sacerdote jesuita y antropólogo, quien conoció de cerca y documentó las masacres perpetradas por el Ejército, afirmó que sí hubo genocidio. Dice: “ Según la definición de genocidio, en Guatemala se dio una “matanza de miembros del grupo” y “sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”. En Guatemala ambos actos estuvieron concatenados como dos fases de un mismo proceso. Primero se cometió la matanza (masacres de 1981 y 1982) y después se intentó controlar a la población dispersa mediante condiciones de existencia límite (de 1982 en adelante, según regiones). Pero ambos actos, aunque no hubieran estado relacionados, de por sí, independientemente  uno del otro, cumplen con la definición: “se entiende por
genocidio /cualquiera/ de los actos mencionados”.

Cualquier persona con dos dedos de frente se pregunta: ¿Cuál paz alcanzada?

Respondiendo al Campo Pagado en mención, el sociólogo Edelberto Torres–Rivas, explicando que confundir amnistía con reconciliación era ignorancia o maldad… “¿Cómo explican los veteranos de la guerra los 280 cadáveres que hasta ahora han sido desenterrados de antiguas bases militares? Afirmamos que si no se puede probar el genocidio, quedará el testimonio de miles de asesinados, torturados, desaparecidos. Las fuerzas de izquierda dicen que sí lo hubo, confundiendo a veces la crueldad de los militares contra los civiles; la ferocidad no califica al genocidio sino la racionalidad del odio o el rencor contra grupos humanos raciales, religiosos, étnicos”.

Ríos Montt dice que él sabía de las atrocidades, pero que él no es el responsable. La clave del juicio es entonces demostrar la cadena de mando que perpetró el genocidio. Una de las evidencias para demostrar dicha cadena de mando puede verse en el mismo YouTube en el videoclip /Granito/, donde el general asume explícitamente el “comando de responsabilidad” en una entrevista: “si no puedo controlar el Ejército, ¿qué hago aquí?”.

Lo que se está disputando en el país es nada más y nada menos que una disputa por cómo nos pensaremos como país en el futuro y qué le enseñaremos a nuestros hijos.

La reanudación del juicio por genocidio exige que nos informemos sobre lo que ocurrió, cómo ocurrió y por qué ocurrió. Hacerlo nos hace no solo conscientes y responsables sino más y mejores humanos.

Queremos la paz, y la paz pasa necesariamente por la justicia, una justicia que podría seguir la profundidad del proceso penal en la Alemania de la posguerra donde se juzgaron altos y medios mandos. Solo así se puede resignificar la historia para construir un país. La impunidad no se acaba juzgando a unos cuantos, sino llevándola a sus últimas consecuencias para restablecer lo que un día resquebrajaron muchos otros como el hombre detrás de la /tierra arrasada/ y escribir la historia del país desde la ineludible voz de la justicia.

Marcela Gereda
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