Ayúdanos a compartir
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Marcela Gereda

Sahara, abril 2007

Como este desierto ancho y hondo, son las huellas que dejó en mi la abuelita.

 Detrás de su inmensidad, cerca del cielo y camino al sol, aparecen sobre la arena pisadas que conozco de memoria: se parecen a las de la abuelita.  Y entonces aparece la sonrisa de quien me regaló mi primer libro; las reconozco en su suavidad y precisión, llegan con la imagen exacta de una ventana con barrotes y la vieja puerta semi-derruida, una pared negra (que un día fue blanca) de humo de camioneta, la vieja casita humilde de la primera calle y sexta avenida. 

Buscando captar algunos de los misterios que esconde el desierto y comprender algo de la sabiduría de los pueblos de nómadas beduinos llegué hasta aquí. Haciendo una nota y otra voy rescatando algo de su fascinante poesía, sus artesanías, el significado de su eterno ritual del té, sus títeres hechos de hueso de cabra, los bailes y musicalidad de sus poemas del Corán, sus pasos largos y determinados, su rastro cordial por el mundo y bajo el henchido sol sobre las dunas, sus historias para justificar los llantos de los camellos…Sus mitos de origen y sobre estrellas. Su shartat (un duendecillo que se aparece en la soledad) que nos acosa, y tantos misterios que esconde la vida silenciosa de los saharuis en el desierto.

Enamorada de esos gestos sabios, hoy que adivino abril y, tropiezo con otras formas dibujadas en la arena: vienen entre silbidos, pitos, escapes de camionetas, un arreglo zapatos, cascos de caballos recogedores de basura sobre el asfalto. No puedo desprenderme de aquella casita humilde de la primera calle y sexta avenida . Ala, contame otro cuento abuelita. De ese espíritu guerrero y de acero que me abrió la puerta de un mundo fantástico de personajes y voces, el mundo de la literatura y la fascinación por la mitología griega.

Hoy le cuento a este desierto milenario, que en mis días de infancia, recorrí lentamente contigo la sexta avenida, nos sentamos en el parque Morazán a comer un Choco-banano de veinticinco centavos, mientras nos enamorábamos de Los Cronopios, de La Maga y otros personajes de Rayuela. A observar el silencio y a dibujar las nostalgias.

Le confieso que también me senté en tu mesa, comí frijoles, bebí café remojado con champurrada y aprendí compartiendo contigo que dependiendo de qué silla se observe el mundo, tiene un aspecto diferente y se comprende diferente, que entre una cosa y su opuesta, existen infinidad de matices, que las dos, desde otra perspectiva pueden ser también una sola. 

Le revelo a este sol pesado nuestro secreto sobre ese mar al que solíamos ir. Sobre la playa. La consistencia de la arena. De nuestras canciones y juegos de matatero la mar. Los personajes que nos habitaron; Sísifo, Aquiles… Y, cómo el sonido de las olas era otro del que conozco ahora: Suave. Envolvente. Disolviéndose sobre la arena y galopando sobre el infinito. 

Le explico hoy a este siroco que si soy capaz de reconocerme en otros universos como en estros rostros de beduinos musulmanes y nómadas, es también por ese mundo que encontré en la primera calle y sexta avenida, en la puerta de tu casa, en la humildad de tu mesa, del corazón de Esmeralda; dándome la entereza de comprender que cada persona posee su propio mapa del mundo, de alguien que desertó de creer en los parasiempres.  

Hoy, me adivino buscándote en mi casita de la primera calle, viendo el techo para disimular la nostalgia de no poderte abrazar. No llegar y hallarte sola, repasando a Pedro Páramo. Hallada en tus notas. Y envuelta en personajes y mundos, en el viento de las jacarandas del hipódromo. El gusto de remojar la champurrada en esas viejas tasas de barro y la bocina de la camioneta «Lesly Nohemi», el cobrador vociferando «Jocotalesssssss». Y tu, persiguiéndome por el pasillo oscuro con toalla en mano: bañese mija pues. Y, más tarde:

 «ay no me digas que te vas a volver a ir con esos artistas bohemios peludos otra vez al portalito, ay no Marcelita, pero por Dios, te estas poniendo en peligro… » Te pienso cortándole las malas hojas a la bouganvillia con tu tristeza de domingo y el sol  de abril colándose entre ellas. Y atrás pasando la sexta avenida, haciéndose un poco más sabia, otro poco más vieja. Enseñándome que las nostalgias pueden ser dulces y trasnferibles.

Navidad en El Encinal, 1988

Corría el año de 1988. Entonces tenía ocho años. Hacer la Primera Comunión representaba para mi la entrada a un mundo casi mágico. Por aquellos días, con mi prima Bea, teníamos la discusión de si la abuela era un ángel. Creíamos que la respuesta definitivamente era si.

La Abui nos dio como regalo un libro de las “Obras de Misericordia”, que consiguió a la vuelta de su casa en la librería Loyola. Con ilusión nos lo leyó y con esa misma ilusión escogimos con ella una de las “Obras de Misericordia”, para hacer una puesta en escena la Navidad de ese año.

El recuerdo de aquella Navidad en El Encinal llega templado entre luces de colores en el arbolito, el frío de montaña, el olor a tamal y ponche de frutas. Y la alegría serena de la Abuelita, una alegría pegajosa como el chicle.

A la media noche, entre olor a pólvora y abrazos, nos llamaron los adultos a abrir los regalos porque “ya vino Santa”. Mientras miraba cómo a mis primas el tal “Santa” les había traído los juguetes de moda, el catálogo completo de la publicidad de la época, es decir juguetes de luces de colores neon. Mi hermana y yo destapábamos platos, trastecitos y jícaras de barro miniatura del mercado de artesanías. No podía ser justo un Santa Claus así pensaba yo. Debo confesar que una década y media después de eso me hice una apasionada de las expresiones culturales y populares trabajadas en barro. De esas manifestaciones de la luz en manos de artesanos).

Ante mi descontento y desilusión tomé algunos regalos de las primas y los escondí en la oscuridad del jardín.

Tengo presente a La Abui diciéndome entre olor a cohetes y la dulzura del ponche, que no importaba si no había recibido los juguetes que anunciaban las publicidades, porque la navidad era otra cosa que no tenía que ver con los regalos. No entendía bien qué era esa otra cosa, pero acaso la intuía.

Esa noche, mi abuelita nos invitó a inventar juegos e historias. Entre canciones y juegos del matatero tero la, mi hermana y yo olvidamos los juguetes no recibidos. Volvimos a casa muy felices, cansadas de correr e inventar juegos. Con la alegría e ingenuidad que es sólo posible en los niños.

Al despertar jugamos de inventar historias y canciones para nuestros trastecitos miniatura de barro. Jugamos a cocinar con la tierra y las plantas del jardín. Había cierta musicalidad en las emociones que hoy me hacen comprender que aquellos paisajes mágicos de la infancia se habían instalado para siempre en nuestros corazones. Con disimulo y sutilmente, la abuelita nos enseñó que si aprendíamos a jugar con lo que hubiera enfrente, teníamos parte de la vida resuleta.  

La Jacaranda

A mi abuela Esmeralda a quien le gustaba repetir que venimos de barcos de inmigrantes belgas que fueron sobrevivientes de las plagas del trópico

Severa señora sabia y morada, que miras con temple
de reina el paso de los siglos,
Aquí estamos para ti,
Estamos en tierra, en semillas germinadas y en raíces.

Somos tu sangre y las ramas que nacimos de ti.

Somos tu carne que se multiplica,
somos tu verso que
se renueva en las entrañas de la tierra.

Somos un conglomerado de voces
y venas que formamos un sólo árbol de múltiples raíces.

Nutridos de tu sabia,
nos sabemos hijos una historia de barcos y tierras de Flandes,

nos reconocemos descendientes de campesinos de Bélgica.

Es la historia de sobrevivientes que se aferran a la vida por instinto y por sentido de justicia,

Ese es nuestro emblema y nuestra insignia.
Lo defendemos como tú lo has hecho siempre,

Somos herederos del trabajo de la tierra
El puñado de flores que hiciste crecer en tu vientre y en el de tus hijas,

Somos retoños que respiramos de un oxígeno que sabemos intrigante

serena es tu corteza y nobles las ramas que te atraviesan,

Ahora tú,

Dulce jacaranda, de casi un siglo y que que nos hiciste posibles,

No cedas a la tristeza ni al tedio,

Canta como nos lo enseñaste un día,

Celebra, como nos lo recordaste cada Navidad.

Baila, como lo hiciste cada febrero, entre tus jacarandas y matilisguates,

Ahora tú, extiende tus ramas para emprender el último vuelo, porque todo latido, todo pulso vuelve al misterio de su sosiego para iniciar de nuevo el ciclo.

Tengo presente a La Abui diciéndome entre olor a cohetes y la dulzura del ponche, que no importaba si no había recibido los juguetes que anunciaban las publicidades, porque la navidad era otra cosa que no tenía que ver con los regalos.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
Marcela Gereda

Latest posts by Marcela Gereda (see all)

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •