Julio C. Palencia

Uno vuelve siempre a las personas amadas
Para Don Arnulfo, Doña Victoria y su hijo,  Manuel Fermín

 

Manuel Fermín Reyes Melgar

Manuel Fermín Reyes Melgar

El gallo se llamaba Pinocho y tenía espuelas de varios años. Sus patas, duras y llenas de grietas muy marcadas. Pinocho iba y venía del patio al interior de la casa con toda la confianza que le daba el saber que nunca pararía en la olla. Y que era necesario en aquella casa. Pinocho era un personaje obligado para los que la frecuentaban, que no eran muchos.

La casa, pequeña, se ubicaba cerca de la avenida Petapa, la recuerdo en  la 42 o 43 calle. Se notaba derruida y había sido severamente dañada por el terremoto del año 1976. En esa casa vivían dos ancianos que conservo en mi memoria como el primer día que los vi. Dos viejos a los que amé y respeto como si fueran mi padre y mi madre.

El anciano respondía al nombre de Arnulfo Reyes, capitán retirado del ejército, y miembro del ejército liberacionista que entró con Castillo Armas, y quien derrocó al presidente Arbenz Guzmán. En esos años (1979, 1980 y 1981) Don Arnulfo trabajaba  por las noches como guachimán en la casa del ultraderechista Sisniega Otero. Se notaba que era poca su paga y que los años le pesaban mucho ya. Era un hombre atlético para su edad, bajito y cara redonda, cabeza blanca y gesto bonachón. A mí me regaló su cincho de capitán del ejército, de hebilla dorada y con su nombre grabado en letra cursiva muy elegante. Aún hoy, después de muchos años, casi 30, conservo con cariño la prenda. La guardo como una joya muy cercana a mi corazón.

La anciana, alta, enjuta, de cabello ensortijado y gesto vivaz era Victoria. Victoria Melgar, salvadoreña. Era de un corazón tal Doña Victoria, que lo que hubiera en su mesa era para ser compartido. Pinocho rondaba la pequeña mesa de madera, siempre, a la espera de las migajas de pan o comida que accidentalmente cayeran de la mesa.

En aquel entonces yo estudiaba en el Instituto Técnico Vocacional de la Zona 13 el Bachillerato Industrial con especialidad en Radio y Televisión. Allí, al ingresar en el año 1978, conocí a varios de los amigos que marcarían de manera definitiva mi vida.

Debo de confesar que he admirado a muy pocos hombres y muy pocas mujeres que he conocido de manera personal. Y debo igualmente de confesar que de esa minoría admirada, sólo de uno de ellos he sido amigo. Admiré a este hombre antes de ser su amigo, antes de ser su hermano.

Manuel Fermín Reyes Melgar era el nombre de aquel hombre. Cuando ingresé al Técnico Vocacional él era presidente de la Asociación de Estudiantes, y con sus discursos prendía fuego a la muchedumbre estudiantil. Lo recuerdo de piel morena clara, ojos expresivos color miel, barba espesa y bien acomodada. Su apodo: Picasso. Y Picasso era muy popular y apreciado entre los estudiantes, así como él mismo estudiante sobresaliente. Su estatura era mediana y su complexión se presumía muy similar a la de Don Arnulfo, su padre. Picasso no sobrepasaba en esa época los 19 años, ya que era de 1959, el 25 de enero.

En el 78, Picasso estaba por graduarse de Técnico en Refrigeración, y uno o dos años después bromeaba diciendo que debía salir con su maletita a repetir la cantaleta: ¡Tienen refris para componerrrrrr! En realidad, Manuel Fermín tenía un talento natural para ser líder, una inteligencia nativa que le ayudaba a encontrar salidas a las situaciones más desesperadas.

No recuerdo la manera exacta como nos hicimos amigos, pero lo que fue un acercamiento tibio nos llevó a ser amigos y compañeros muy queridos en pocos años. En el 79 nuestra propuesta fue elegida como Asociación de Estudiantes en el  Técnico Vocacional, y ahora junto con los estudios había que cumplir con las actividades de la asociación.

El 79 y el 80 fueron años de pesadilla, de mucha represión gubernamental en todo el país, pero recuerdo especialmente mi estadía en el Técnico Vocacional. En el 80 fue imposible continuar estudiando allí. A finales del 79, la noche previa al aniversario de la  Revolución del 20 de Octubre, la sede de la Asociación de Estudiantes fue violentada  por el ejército, arruinado el mimeógrafo, pintarrajeada con amenazas de muerte. En el 80, para el primero de mayo, a 3 compañeros de estudio, sin participación política alguna, les aplicaron la ley fuga en pleno día. Ese fue el último aviso, lo que nos llevó a entrar prácticamente en la clandestinidad.

Con Manuel Fermín vivimos juntos a partir de mi salida del Técnico Vocacional. Frecuentábamos la casa de sus padres al menos una vez por mes, y el cariño con su familia fue igualmente creciendo. Ya en 1980 Manuel Fermín estudiaba ingeniería.

Durante dos años realizamos juntos trabajo de organización de masas, él en la universidad, yo con los estudiantes de secundaria y los cristianos. Tuvimos la oportunidad de compartir muchos días y noches, de crecer juntos, de compartir lecturas e impresiones. Era verdaderamente un hombre sensible, inteligente. Tenía todo para sobresalir en el mundo de mediocridad ambiente del medio guatemalteco, pero su misma inteligencia lo llevó al compromiso social. Lo llevó a convertirse en un hombre para la patria, en un patriota.

Nuestra cercanía fue realmente notable. Amamos desesperadamente a la misma mujer, tuvimos sexo con la misma prostituta (en tiempos distintos, por supuesto), y juntos estuvimos también en Suchitoto, en EL Salvador, haciendo teatro para los campesinos.

Cuando en 1981, segunda mitad de ese año, yo tenía ya decidido salir del país, en una situación de verdad desesperada, llevé a Manuel Fermín a vivir con mi familia. Con él iba también Armando Estuardo Rodríguez Alburez, quien sería tiempo después marido de mi hermana.

Ya para entonces, veía a Don Arnulfo y Doña Victoria ya no en su casa, sino en el centro comercial Montúfar. Allí le entregaba el dinero para las pastillas de su mal cardíaco y para comida, dinero que enviaba Manuel Fermín. Y le daba noticias de su hijo, una carta o un simple papelito con un hola.

En enero de 1982, el 21 de Enero, salí de Guatemala al exilio. Mi madre y hermanos salieron por el mes de junio o julio del mismo año. Una o dos veces hablamos por teléfono Manuel Fermín y yo, él en Guatemala yo en México, antes de su muerte.

En noviembre de 1982, el 27, Manuel Fermín fue detenido por el ejército, torturado, y asesinado. Le cortaron la cara a machetazos. Picasso no pasaba los 23 años para entonces.

Don Arnulfo murió poco después por falla del corazón. Manuel Fermín era su viva fotografía, su hijo más querido. Doña Victoria vivió aún varios años en soledad, acompañada sólo por el Pinocho, que le sobrevivió cuando murió de tristeza.

Como dije, aún conservo con orgullo y gratitud el cinturón que un día Don Arnulfo Reyes, capitán de línea retirado del ejército, me regaló.

Unos años después, Angel Reyes Melgar, hermano único de Picasso, me buscó en México. Me explicó sobre la muerte de su hermano, sobre el secuestro de Armando, mi cuñado, y nada sobre mi hermana Rosa Palencia. El mismo Angel Reyes se entregó meses después como ex-comandante guerrillero de la ORPA, en todo un montaje propagandístico preparado por el ejército. Angel Reyes nunca fue activista, y menos guerrillero. Aquello completo fue un montaje, una farsa. Pero esa es otra historia.

Sirvan estas líneas para recordar a un patriota, un hombre justo, comprometido con una mejor vida para los guatemaltecos: Manuel Fermín Reyes Melgar.

Julio C. Palencia

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Fundador y Director at Poesía Guatemalteca
Julio C. Palencia. Traductor y poeta. Funda y dirige Poesía Guatemalteca, Narrativa y Ensayo, y Prueba y Error, sitios en línea. Autor de varios libros.
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