Concepción Bertone

Nací en Rosario el 23 de abril de 1947. Mi abuelo italiano y mi padre eran obreros de la construcción. Mi nombre verdadero es Concepción del Carmen Aversa, pero cuando comencé a publicar lo hice con mi apellido de casada, quizá porque era muy joven. No me arrepiento ya que es el apellido de mis dos hijos varones y de mis tres nietos, también varones. Hice estudios de Perito Mercantil en el colegio General Urquiza, pero antes de recibirme comencé a trabajar, porque lo necesitaba. Luego reanudé mis estudios y me recibí de Bachiller Nacional. Entré a Humanidades y Artes en 1978, y me fui de la Universidad porque no soporté estudiar con un fusil en la espalda. Entré a La Alianza Francesa de Rosario, y estudié allí algunos años, sin recibirme. Publiqué cuatro libros de poemas, De la piel hacia adentro, Ediciones del autor, 1973; El vuelo inmóvil, Ediciones La Cachimba, 1983; Citas, Ediciones bajo la luna, 1993; Aria Da Capo, Ediciones del Dock y Revista La Guacha, 2006. Realicé Las Cuarenta, antología que reúne a tres generaciones de poetas mujeres vivas, de la provincia de Santa fe, que pronto será publicada. Mi poesía está antologada en el país y en el exterior, y traducida a varios idiomas.
E-mail: concepcionbertone@hotmail.com

A esta altura de mi vida mis ritos en torno a la escritura ya no están determinados por las prioridades familiares. Lo bueno y también lo malo del tiempo es que es absolutorio y te restituye la independencia cuando esa palabra ya no se refiere a la libertad sino a la soledad. Pero yo amo la soledad, me llevo muy bien conmigo misma, y en esa relación amorosa con mi interioridad está fundado mi lugar escritural. Desde muy niña escribí de noche, a la luz de una vela, escondida en la penumbra de esa luz. Manuscribí hasta que tuve mi primera máquina de escribir. Perdí mi bella caligrafía entre las teclas de mi vieja Olivetti. Después rompí varias máquinas electrónicas, y llegué muy tarde al ordenador. No podría vivir sin una computadora, aunque la que tengo es muy vieja y no me permite muchas libertades. Necesito ver en la página de la pantalla la forma del poema. La métrica. La métrica no es la música, es el compás encraneado de la música. No cuento sílabas, simplemente las dejo afinar y encontrar su armonía dentro de mi cabeza. Escribo a cualquier hora del día, y si estoy tranquila, si sé que nadie me necesita puedo olvidarme de comer y de dormir. No puedo escribir poesía en otro espacio que no sea mi escritorio, rodeada de mis libros y mis cosas, con el café cerca y a sabiendas que no me faltarán cigarrillos o un mate, el ritual de prepararlo y despegarme un poco de lo que estoy escribiendo. Antes, el vuelo de una mosca me perturbaba hasta sacarme de quicio, ahora nada me quita la calma, pero prefiero el silencio, y una vela encendida, siempre. Para mí, en la escritura poética nada surge de la nada y cualquier plan es un fin utópico. Salvo que la intención sea escribir un poema que entrañe un tema histórico o filosófico muy puntual. Yo sólo investigo y muy profundamente cuando escribo un ensayo o tengo que hacer la crítica de un libro muy codificado. Cuando me siento a escribir un poema es porque algo que ya se ha materializado dentro de mí, va soltando su cuerpo, su forma. No puedo inventar nada, pero la realidad y la imaginación siempre amasan la idea. Cuando esa idea y mi postura ética y estética confluyen, cuando logran confluir hacia lo que intento decir, el poema me sorprende. El poema siempre me sorprende. El maneja los hilos, no yo. Y las lecturas son la levadura de este pan. Sin los hongos que crecen en los sedimentos de la lectura no hay posibilidad de escritura, al menos para mí. Siempre dejo descansar los textos, siempre hay algo que el descanso del texto te dice que no va, que sobra, o que falta. Cuando uno ve una película extraordinaria, lo que está viendo es un trabajo extraordinario de montaje. La naturaleza es un trabajo extraordinario de montaje. Un paisaje no te muestra todo, pero todo se intuye, se huele, se oye de alguna manera ese todo. Nada está allí por casualidad o estático, ni siquiera en una pintura de ese paisaje. El poema es un tejido vivo, que respira y muta su sentido, naturalmente. Un atajo, un haya en un calvero, un río subterráneo que va hacia el río que no sabemos hacia dónde va… Al retomar el texto, puede ser al día siguiente, al mes siguiente o al año, el texto te dice cuán infiel has sido o cuan fiel al poema y a vos misma, y muchas cosas más que hacen que sigas trabajando en él, o lo tires al cesto de papeles. La corrección, para mí, es ajustar algo que quedó suelto y baila, pulir una rebaba que lastima. Mi vínculo con la poesía es carnal, no sólo porque es un modo del Eros, como dice Barthes, sino también porque se corresponde visceralmente con mi forma de ver y de sentir el mundo. No soy un ser analítico por naturaleza y la poesía no es un género analítico por naturaleza, todo deriva en ella de asociar y enlazar imágenes, música, variaciones de un tema y sus combinaciones, eslabón con eslabón, “una cadena que flota”. Con todo lo que traemos desde antes de nacer y acarreamos antes de morir, con toda la dicha y el dolor necesitamos hacer algo infinito. Necesitamos arrancarle a un lenguaje gastado una expresión nueva, diferente, porque un poeta es su voz, su originalidad. Eso trato. He escrito poemas describiendo simplemente lo que veía a través de la ventana, en mi jardín o en la calle. Pero mi poesía nace de mis obsesiones, de mis reticencias que me permiten no dejar escapar el sentido de lo que digo para que luego se abra en direcciones inesperadas. Mi poesía nace del deseo no sólo de decir sino de sentir cómo su expansión lírica me insufla su modo de respirar, que es mi modo de respirar. Hay una poeta asturiana, Olvido García Valdés, que descubrí hace muy poco y que me dejó muda con su poesía y porque piensa exactamente igual que yo sobre esto que vengo diciendo, pero me gusta más como lo dice ella: “El ritmo viene. El ritmo viene con la imagen, fluye, pero se entrecorta o vira en la sintaxis. O lo que es lo mismo: el ritmo no es la medida, sino los latidos y la respiración, de la aspereza y del titubeo, de la levedad y la fatiga. El ritmo viene en el poema, con viento en contra y corriente a favor. El poema va siguiéndolo, ganándoselo”. El ritmo que sigue y se gana el poema, es para mí ese jadeo asmático de la vida vivida con viento en contra y corriente a favor o viceversa. Y no importa cuánto cueste, es el precio que hay que pagar por la esperanza puesta no en ser comprendidos o acogidos, sino en el tratar de hallar esa palabra segunda a las palabras preexistentes de este mundo tan lleno y tan falto de lenguaje.

POEMAS DEL LIBRO “ARIA DA CAPO”

Selección de poemas 1983-2003

PESSOA Y YO
a
Pedro Bollea

Como hierba crecida entre adoquines
de calles alejadas, calles quietas
donde la piedra ahoga la gramilla
con agua del fregado. De extramuros
del alma sofrenada con mil bridas.
Dura ayer como hoy. Toda mi vida
se exultó como hierba
en una grieta.

CABALLOS

a mi padre Francisco Antonio Aversa,
en memoria

Yo sólo veía del caballo oscuro
el lucero de blanco pelo
que le dividía la frente, la crin
tusada por la parcial visión, por el hecho
de no tener más ojos
que para ver esa estrella. El
veía la majestuosa genealogía del pedigree,
el pelaje enjoyado por el “masaje”, el
cuidado amoroso, antes y después
de la carrera, el paso airoso,
la apuesta de la corazonada, la gesta, y
lo que yo puedo ver ahora
en el remedo, la copia-ex profeso inexacta-
que queda en la memoria: el juego
por el juego, por la lúdica
vida, la vana gloria, la herida
siempre enconada del recuerdo. Mi padre.
Un pura sangre, un quemante resuello
de hazañas y rodadas,
un destello de hielo
en los claros ojos. Siempre será
ese modo lejano de amar. La luna,
en un eclipse total, esta noche
que la tierra no la deja mirarse
en los ojos del sol, es fija
de ese amor que me entenebra.

AÑOS DE SOLEDAD
Piazzolla-Mulligan

Me lee una carta, una muerte
que habla de otra muerte, una
suerte de poder decir ese amor
del autor de la carta que él me lee. La lija
-áspera de la pez – frota
la palabra que nada en la derrota
que glorifica
la palabra derrota. La lija
en su papel de lija, pule el metal. Lo brilla.
Lo atalaja. No lo ablanda
su ardor sino ese amor otro
que dice el autor
de la carta que él me lee. Y
se llueven las lágrimas, se atormentan
los ojos, las mejillas de los dos
en la noche que aún mora en mí. (Amor
mío, de vos todo viene y se va
cuando aclara
y la música cesa.) En la ventana
el sol cruza la reja, atraviesa el cristal
como la hija que muere en la carta
mientras su padre la vive en
la carta que escribió. La vida dada
de los dos, la victoria ganada en
la pérdida. La medida de la vida
cuando no hay vara que la mida. Cuando
el miedo a la palabra muerte, fenece.
Y la palabra miedo se muere
en la carta que él me lee.

para Bonzo

CAMPANA Y YO

“Por amor del poeta, puerta
abierta de la muerte” la noche,
tu cerrada voz. La entrada
a tu alma, morada mía
a esa hora sin sueño ni sueños.
¿Quién apaga el amor
así en nosotros? ¿Quién
es quién? Preguntabas
a la Madonnina del puente, o a la gente
muda, mudándose en la desnuda luz
de semblante. ¡Abajo los espías!
¡Que mueran los rufianes! Gritabas.
En vano como una aldaba llamo
a una puerta que da a ninguna parte
y como un arte secreto, sobrevivo
a otra noche. Filo de hacha
o hilo de seda…
¡Abajo los espías! ¡Que mueran
los rufianes! La pelea
hasta quemar la sangre, frita
la gota errante por las venas
“Que desgarrante sube: el río se pierde
En la arena dorada (…)
Y ya las cosas no son más”.
¿Qué son las cosas ahora que
las cosas lo son todo
para los que nada son sin las cosas?
¿Dónde la “encorvada sombra
del humano trabajo”? ¿Quién
apagó el amor así en nosotros?
Y la luz del puente
de la Madonnina doliente
también. Y gritas todavía
¡Abajo los espías! ¡Que mueran
los rufianes! Pobre,
casi desnudo, Divino Dino,
junto a la arcada de via Strozzi,
antes y después de la cárcel, los muros
de la locura, de la mente mudándose
hacia las fuentes que saben
que no hay dulzura semejante
a la de la muerte. Mas no para mí. Otra
suerte por azar o destino quiero, y sentir
que me muero si me muero. Que me vivo
como un arte secreto. Y con mi estilo
sobrevivo a otra noche.

COMO RUTH

Como Ruth espigando
-sierva de los siervos- detrás
del último, cuando
el Amo de los amos la miraba segar
y era en la era la primera
a sus ojos. Porque
se olvidará con el tiempo
nuestro nombre
y nadie se acordará
de nuestras obras. Como ella
querría ser, de sol a sol:
grano de cebada en la mano
de la que cree
que como rastro de nubes pasará
nuestra vida. Y recoge
por eso las espigas, guarda
parte de su comida
para otro y sumisa agradece
porque
como oro en el crisol
purga el dolor y como
un holocausto
ella lo acepta. Como
la que vio y comprendió, supo
lo que abarcaba. Aunque grano
en la palma de la Letra Sagrada
aunque paja en la paja. Ave
que no escribe en el cielo
el misterio del vuelo. Y se eleva
más ligera que el humo
por encima de lo que se ahoga
bajo las olas de la indolencia
mientras ella, pequeña, se vuelve
dueña y regente de su corazón.

Hospital Español, 1995.
(junto a la cama de mi madre)

GUARDERIA DE VIEJAS

Helas ahí, desandando sus años
hasta la remota niña hallada
en la razón perdida. Miguitas
tiernas o endurecidas, arrojadas
a los pájaros del error. En la locura,
envueltas en un vaho alcanforado, vago
olor a bálsamo del dolor apagado como
el fuego con fuego. En otro cuerpo
que fue bello
entre los brazos del amor. Alzado
para que los pies no pisaran el umbral
de la puerta de la alcoba nupcial (el rito
antiguo del buen augurio). Mi madre
entró doncella y caminando aunque
“blanca patérnica, roja amapola,
radiante esposa”: a su mal. Su estrella
buena se escondió esa noche tras
un biombo de nubes. Ahora
está sentada entre las viejas. Intima,
en el pathos de la luz y la sombra,
habla sola, se pierde en sus palabras,
en su memoria prófuga, deserta. Huye.
Se exilia en el olvido y me abandona
en esta delgada línea.

Yo volvería atrás para encontrarla
entre dos vocales, entre dos o tres sílabas
de la ternura materna. Al comienzo
del viaje de la carne
para albergarme nimia entre sus vísceras

COBARDIA MODERNA

Llueve con sol. A rachas hilos ambarinos
y un paraguas que me recuerda a Matisse
achacoso en la cama,
recortando papeles. El paso
del pincel explosivo a la gracia
que contrasta con la rebelión
de la paz del collage. Eso pasa en la calle,
también en mi depresión privada que observa:
la hierba mojada, la nube baja, la fraterna
relación del cordón inmóvil
con la mujer del paraguas, que corre
hacia la esquina donde su niño juega
como un hado tremendo juega
con el mundo y nosotros.

PUNTO HERETICO SIN LETRA

(Coplas de ciego)
“No hay herejía que no se apoye en la Escritura”
Proverbio holandés
Hay un elogio de la usura
en la parábola de los talentos.
Moralejas de Dios
siempre enterradas
en la tierra
que engorda
el que la ara
para quien lo contempla
arar. El dueño:
amo y señor del trigo
y del arel.
Hay un encomio impío
letra infiel
pero fiel a la letra
de la mano que vuelve a Dios
palpable. A Dios papel
escrito
para el vulgo. Y alabanzas
que alaban su despojo
y su pobreza,
su sobra obrando lujos
del patrón.
Hay Más Allá y dulzuras
del perdón
en parte de su alma
hipotecada
por la letra
que sangra
consagrada
en la cruz de los hombres,
en la codicia
del hombre que lo clava
en esa cruz. Hay noche y día y Luz donde
no hay Luz. Como
hay santo
erigiendo
la herejía.

ARS POETICA

a Graciela Cariello y Roberto Retamoso

Escribo de cigarrillo en cigarrillo.
Toda mi vida pasa
por el retardo en vilo de esa brasa
ínfima. Mortal,
dulce, pequeño vicio
que acaricia los humos
del recuerdo ( el mundo indivisible
al que me aferro): mi padre, mis abuelos, mis tíos,
envueltos en el velo del humo, vivos,
más vivos que los vivos
en los gestos familiares del habito,
como la veta en la madera,
lo que queda grabado en ella.
Las huellas del placer o del tajo.
El amor, el dolor,
el trabajo de las muertes y nacimientos más
el humo del cigarrillo. Mi yo
descentrado más el humo del cigarrillo. Humo
sumado a toda emoción. No en presente. En pasado.
Los vahos ascienden
hacia el techo de este cuarto
donde fumo y escribo ( entramo
las palabras y el humo). Aguzo
el delicado filo, la hoja
de tabaco molido, blanca arma letal
envainada en el humo. Afuera
la violencia es ligera,
menos sutil. Tersa, bien cuidada
la piel
de los asesinos.

EMAIL

a Claudia Caisso

Hay alguna verdad que asoma apenas
pequeño brote, mientras
la helada quema su reciente verdor, su osadía
y me deja
sin pensamientos. Si hoy sólo soy
en el papel virtual: un Asunto. Nada
que no pueda esperar por un tiempo
el vacío de un siglo. Algún
sentimiento real
cuando llega…
No queda nada humano, salvo el oprobio,
alguna vieja crueldad
heredada de Herodes, la baba
hialina del caracol
dibujando en la laja
la runa
de la vida perdida en la duda.
La informe soledad. Llama
la amiga.
su vera voz me toca
y vuelvo
a sentir el cuerpo. Lo que dice
el amor aun por la boca

TRILCE

A Carlos Berrini, en memoria

El olor de los libros en la trastienda
desordenada como la añoranza, el caos
de recuerdos que tantean
lo arrumbado en nosotros, polvoriento
como el pueblo de un western, la amistad
que nos reúne en ella casualmente
sobreentendiendo el día, cierta hora.
Próximos como el río
y las esloras con las rodas enjutas
del silencio
ese lugar humano del pasaje
es un muelle fortuito. Amarras. Bitas.
Y el casco entresoñado de ese barco
que navega a la cirga de la niebla
son certezas del viaje postergado,
la esperanza del mar que
fue el pasado
y el minuto presente donde escora
y se hunde este día
lentamente.

LA NOCHE

I

En esta holgura de no tener más – nadie nada-
que la bondad de amar y el abandono
casi feliz del cuerpo igual que el plomo
mezclado con arsénico en la bala. Velo
por lo que velo en tanto siento
cuánto abriga el arilo, el tegumento
de la noche a esta edad. Y mi belleza.
Una arruga en la seda. En la cabeza
la cana endiademando pensamientos
lúcidos de la holgura. Y nadie, nada
más que este amor en mí. Sentir
que siento.

II

Mas, la muerte debe ser
una suerte de cuna, de cama
de lama, de mina
que hace estallar el campo
angustioso de la noche
_Y a otra cosa
falenita de làmpara-.

HUMANA MAS QUE HUMANA
( de Nietzsche para mí)

a mis hijos Santiago y Mariano, y
a las mujeres que ellos aman,
Verónica y Jimena.

Yo que trepé hasta la breva.
Que abrevé en el almíbar la gota de ámbar
de su dulzura. Y no dudé
a sabiendas que me equivocaba, no dudé
que me ataba a lo que más firmemente ata. Yo
que supe qué cuerda arrebata y me arrebaté
el movimiento del ser que era
bajo la higuera recogida en un salmo: El Señor
es mi pastor, nada me puede faltar. En lugares
de delicados pastos me hará… Y no me hizo
o sí. “Y este “aquí” –este “en casa”-” es todo
lo que hasta entonces había amado. El lugar
donde amaba y oraba. Pero me desasí
en un impromptu
del deber debido y pagado
en el sentido que le quieran dar. E improvisé
mi propia música, no
para hacerme libre sino
para liberarlos de mí. Porque
es verdad: lo que se apresa
debe expiar la peligrosa
excitación de su orgullo, destruye
lo que atrae. Trata de no herir
pero hiere ese vidrio
exiliado en el trozo, en el
quebrado extrañamiento del filo
aguzado por el afán de ya no ser
una integridad grata
en la cosa que era. Un vaso de Cristal,
un espejo que reflejaba todo.
“La soledad
esa temible diosa mater saeva
cupidinum, que rodea y envuelve”… Pero
¿Quién sabe hoy qué es la soledad?

Aria Da Capo
(del Aria de Scwartz,
del Carnaval del Kilroy)

Aunque campana sin badajo muda
y echada a vuelo en vano la silente
de magno bronce cóncava candencia
yo doblaré mis ascuas
dondequier
defenestrado seas excluido
negado y humillado doquier vayas
me hallarás repicando por ti eco
que no te desampara te guarece.

Aunque campana herida suene a sed

como un cántaro seco y arrumbado
yo doblaré por ti donde maduras fruto
donde rama quebrada pero verde
sostienes tu sazón
aun doblegado:

“Hasta,
que tengas la mirada serena.
Hasta que nunca más seas avergonzado.”

Fuente: [http://lainfanciadelprocedimiento.blogspot.mx/2007/01/concepcin-bertone.html]