Interpretaciones de la posverdad

Así se hace una ciberintervención estadounidense como la de Guatemala

Ignacio Laclériga

Episodio 1: La amenaza fantasma

Todos somos manipulados constantemente. No depende tanto de nuestro nivel de inteligencia, uso de dispositivos móviles o estándares ideológicos. La sutil herramienta del engaño siempre encuentra la forma de meterse en nuestras mentes e intentar vendernos su discurso. La Alemania nazi tenía a las mentes más brillantes del mundo entre su población y, sin embargo, fue fácilmente manipulable. Los ingleses, los rusos, los estadounidenses o los brasileños están sufriendo un constante bombardeo de manipulación mediática y sus reacciones obedecen en mayor o menor medida a los designios del mercadeo sistémico.

Es verdad que el nivel de capacidad crítica, el amor por las ciencias y la cultura, junto con la utilización de metodologías profesionales para la construcción del conocimiento hace a algunos sectores poblacionales menos vulnerables a la manipulación que a otros. Sin embargo, llegado el momento, el contagio colectivo de las hordas manifestantes hace muy difícil establecer los referentes intelectuales frente a la estimulación de las pasiones emocionales. El resultado lo estamos viviendo a nivel global y, por supuesto, también en Guatemala.

Del conjunto de analistas que interpretaron los movimientos revolucionarios sucedidos en el 2015 a raíz de la aparición de varios casos de corrupción gubernamental, la mayoría coinciden en que el papel de la Estados Unidos (EEUU) fue crucial para determinar el futuro éxito de las manifestaciones, la caída del gobierno y la persecución judicial de los implicados en las mafias estatales. No obstante, pocos han sido los que se han atrevido a establecer el nivel de incidencia que tuvo la manipulación de la población a través del uso de la ciber tecnología en el proceso. Para la mayoría, todo eran juegos de poder que se manejaban detrás del telón, mientras los ciudadanos libremente respondían al llamado de su responsabilidad cívica acudiendo a la plaza semanalmente.

La lógica de los indicios nos hace constatar que, en realidad, el plan de desestabilización fue principalmente urdido a nivel de la ingeniería en sistemas, para luego organizarse en los juegos de poder locales de forma mucho más espontánea. Es decir, que lo que verdaderamente se propició fueron los movimientos sociales a través de las redes digitales u otros sistemas online y, estos, sirvieron para legitimar todo el proceso político y jurídico que se dio con posterioridad. La manera en que los ingenieros del poder establecieron los medios para conseguir que la población respondiera a sus designios es lo que cuesta un poco más de desentrañar.

Para pocos es extraño constatar el nivel de control que han logrado los medios digitales sobre las poblaciones actuales. Casos como los de Edward Snowden sacaron a la luz el poder que manejaban las agencias de inteligencia estatales a la hora de utilizar los datos de los ciudadanos en el ciberespacio. Wikileaks fue otro de los fenómenos que ponía de relieve cómo era posible escuchar llamadas telefónicas, acceder a correos electrónicos o conocer los movimientos bancarios. Los más recientes, como los Panamá papers o wannacry, solo ponen de manifiesto como los ingenieros del poder se pueden infiltrar desde al banco nacional ruso, hasta las llamadas de la canciller alemana, pasando por hospitales ingleses, medios de telefonía o sistemas de conteo de votos.

Todo esto no se corresponde a teorías de la conspiración más o menos creíbles, dentro del complejo mundo de invenciones y hipernormalización en que vivimos (https://www.youtube.com/watch?v=TM4xaU8ir_g&vl=es-419). Se trata de una lógica de control ciudadano que se empezó a implantar a partir de los atentados del 11 de septiembre del 2001, con la ley patriota, y que ha ido creciendo hasta anular los derechos a la privacidad casi por completo. Mediante dicha ley, artículo 215, los investigadores estadounidenses tienen “autorización para realizar un registro físico o realizar escuchas con el supuesto fin de obtener evidencias sin tener que probar que existe una causa probable contra la persona acusada”, cito de un artículo sobre la incidencia de esta ley en ciudadanos extranjeros y añado el link de la ley por si hay dudas sobre dicha interpretación. (http://bit.ly/2sBHSlW http://bit.ly/2rHxuF2)

Casi todo este entramado investigador normalmente está asociado a los llamados metadatos, que son algo así como con quién hablo, a dónde voy y qué hago con mi dinero. Quedaba fuera del acceso de los técnicos cibernéticos el escuchar o leer las conversaciones específicas. Lo que, realmente no es tan así. Basta hacer una visita a un sitio como Verint (http://bit.ly/2rI10ut), una empresa de ciberinteligencia, que se encarga de dar servicios a corporaciones y estados de investigación, la cual permite hasta transcribir las llamadas automáticamente, seleccionar temas y filtrar contenidos. Esta tecnología, entre otros, la utiliza el Sistema de Interceptación Telefónica de la policía española (http://bit.ly/2joc9xR).

La potente arma de inteligencia estadounidense estaba preparada para controlar el mundo a su antojo, prestos a dejar las anticuadas estrategias armamentísticas en sustitución del poder del conocimiento. Saber qué hace el presidente de un país, con quién y cuándo; es una sofisticada herramienta de presión. Los casos de corrupción aparecen alrededor de todo el mundo, ya sea la Fifa, la Volkswagen, Odebrecht o compra-venta de voluntades políticas, siempre convenientemente filtradas. Imposible saber si existe una mano invisible detrás de cada uno, aunque los indicios son tan alarmantes que parece inevitable suponerlo.

El documental Citizen Four, sobre Edwar Snowden, no es una ficción hollywoodiense de espionaje, sino un trabajo periodístico que recibió el Oscar de la Academia. El caso del virus informático wannacry es atribuido sin lugar a dudas a la creación de técnicas de infiltración informáticas de la NSA, siglas en inglés de la Agencia Nacional de Seguridad de los EEUU (https://es.wikipedia.org/wiki/Ataques_ransomware_WannaCry). Todo ello, para crear una sofisticada red de información que permitiría tener una base de datos con las llamadas, correos y movimientos bancarios de cientos de funcionarios, empresarios, financieros, de un país, por ejemplo, como Guatemala, por sus vínculos con el narcotráfico, que acarrearía un peligro para la seguridad nacional de los Estados Unidos.

No cabe duda de que la voluntad de transformación de país innata en las personas que enfrentan el crimen organizado es grande, pero resulta ingenuo pensar que, ya sean españoles, costarricenses o colombianos, ya cobren en dólares, en euros o en quetzales, la capacidad de las pesquisas de los entes investigadores radicados en el país, autóctonos o foráneos, no tenga grandes limitaciones. Desde todos los puntos de vista, parece que recibieron algo más que una ayudita momentánea, sobre todo, teniendo en cuenta que le Ministerio Fiscal contaba, hasta entonces, con indicadores bajísimos de resolución de investigaciones, ni tan siquiera el 10% de los casos de homicidio cometidos en el país (http://bit.ly/2sWuHwc).

Hasta aquí nos queda claro la dimensión de la intromisión que tienen las agencias de investigación estadounidenses en los ciudadanos de fuera de sus fronteras, pero no nos queda tan claro cómo esto puede incidir en la voluntad de las personas. Para ello, hay que darle la vuelta a todo el asunto. Ya no nos interesa tanto escuchar lo que la gente dice, sino decirle nosotros a ellos lo que tienen que pensar y, sobre todo, sentir. Se trata de que, conociendo todo lo que se sabe sobre los usuarios de la tecnología, utilizarlo para manejar sus ideas y generar sus emociones. La neurociencia aplicada al mayor consumo posible: el del poder. En este sentido, se empiezan a desarrollar investigaciones que encuentren cuáles son los mecanismos con los que podemos moldear las voluntades colectivas a nuestros propósitos.

A la mayoría de la gente, cuando pensamos en planes estratégicos de intervención de las grandes potencias, nos viene a la cabeza una sala de control de mando, con muchos técnicos en sus computadoras y una pantalla con el mundo en la que se van posicionando diferentes nodos y enlaces como en un sistema computacional. Allí, los más importantes de los importantes, militares, políticos y científicos, discuten y deciden las mejores formas de tomar posición sobre determinadas crisis mundiales. Hasta aquí todo bien, un bonito marco de dominación, donde decisiones lógicas y técnicas marcan el rumbo del planeta, en contra de posturas totalitarias e ideológicas que amenazan el sistema.

Pero en verdad las cosas no son tan así, se parece más a un episodio de Pinky y Cerebro que a una sala de situación del Día de la Independencia. Para los que no la recuerden, Pinky y Cerebro era una serie animada de dos ratones de laboratorio. Cerebro un desquiciado megalómano, con una super inteligencia, pero incapaz de controlar sus impulsos de poder. Pinky, inocente y despreocupado, cuyas ideas descabelladas, en ocasiones resultaban mucho más provechosas que las de su genial amigo. Ambos tenían siempre un reto: “Tratar de conquistar el mundo”. Pues bien, en las ciber-intervenciones estadounidenses que se han dado desde comienzos del siglo XXI nos encontraríamos ante un simulacro de invasión al estilo Pinky y Cerebro.

Por un lado, estarían los concienciados aparatos de inteligencia estadounidenses, representados por sus élites político-técnicas, ideando planes maquiavélicos de conquistar países, para adaptarlos a sus intereses. Por otro, los aliados locales, inocentes colaboradores, trabajando en el área a intervenir. Son intelectuales liberales, orejas de embajadas, onegeistas bienintencionados y enviados internacionales; todos amantes de la democracia, la justicia y la libertad. A ellos, la inteligencia estadounidense, que sabe bastante poco de la realidad local, es a los que consulta para llevar a cabo sus planes de incidencia. De tal manera, que nos resulta esa mezcla tan característica de megalomanía romántica.

Este es el caso de lo que se ha venido dando en muchas de las primaveras democráticas o revoluciones de colores que se han experimentado principalmente en los países árabes, pero también en antiguas exrepúblicas soviéticas y naciones latinoamericanas. Para tal propósito, los intereses estadounidenses elaboran un plan con el que incidir en los procesos populares anti-régimen del país. Las redes sociales aquí van a jugar un papel fundamental a la hora de aunar intereses. Para eso, tenemos que ser capaces de entender primero, que para hacer convocatorias importantes de población a través de tecnologías digitales no es necesario, obligatoriamente, que el país cuente con un elevado nivel de desarrollo económico para que nos hiciera suponer que el acceso a las plataformas inteligentes es masivo. Y, segundo, hay que entender que a lo que se accede en un dispositivo digital no es necesariamente aquello que quiere ver el usuario, sino lo que le selecciona el distribuidor.

Continuará….

No se pierda el episodio 2: La conjura de Pinky y Cerebro.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Ignacio Laclériga

Ignacio Laclériga

Mi nombre es Ignacio Laclériga y observo la realidad desde mi punto de vista como periodista, consultor en comunicación estratégica y académico. Esta serie de ensayos se llama Interpretaciones de la posverdad y con ella intento descifrar nuestra sociedad más allá de las primeras lecturas convencionales.

Como periodista he escrito en Prensa Libre, Plaza Pública o Nómada. He sido catedrático en la Universidad Rafael Landívar por más de quince años.
Ignacio Laclériga