La música es una revolución contra la violencia

La identidad de muchos países se ha construido a través de su música y de su arte.

Marcela Gereda

No sorprende ni un ápice que el actual gobierno quiera ahorrarse un buen dinerito a través del Acuerdo Ministerial 3853-2017 con el que se pretende suprimir la música y las artes plásticas del sistema educativo.

Es decir, ¿cómo pedirle a la representación misma de la burocracia, la impunidad y la negligencia que entiendan algo tan básico como que en cualquier rincón de la tierra, la música y el arte son necesarios? Pero para un país como el nuestro (el de las violencias múltiples, el de las heridas abiertas, el que se desangra cada día de balas de hambre y de injusticia) la música y el arte son no solo necesarias, sino imprescindibles.

Según el viceministro de Diseño y Verificación de la Calidad Educativa, José Moreno, hay un mal entendido por parte de nosotros: estas materias no desaparecieron sino que fueron transformadas: Educación Musical y Artes Plásticas serán parte de Educación y Expresión Artística; mientras que Formación para el Hogar y Artes Industriales en Emprendimiento para la Productividad.

Sea como sea, reivindico el arte y la música en la educación porque hacerlo es reivindicar la vida y el deseo de hacernos mejores.

Hace unos días volví a escuchar a los niños del Proyecto Luis de Lión de San Juan del Obispo cantar “abra su sombrilla Doña Jacaranda” y vi cómo la música en el rostro y sonrisa de los niños pueden ser un sentido de vida, un toque de ternura, una luciérnaga de esperanza.

Hace unas semanas en el concierto navideño ofrecido por la Orquesta Sinfónica “Sonidos de Esperanza” compuesta por niños y jóvenes de San Juan Sacatepéquez en La Antigua (en la que participó la talentosa Yahaira Tubac) pude ver cómo la música otorga a los niños y al público que lo escucha no solo un sentido de identidad y de esperanza, pero también un soplo para hacer más soportable la existencia.

Porque la música y el arte son invitaciones a hacer de la vida una obra perfecta desde nuestra humana imperfección. Una utopía. Una alegoría a trabajar cada rinconcito de la vida como artesanos con el barro, como campesinos con la tierra, como artistas. Como carpinteros. Un recordatorio a tallar la vida con amor y con ternura.

Este país necesita más música y menos sicarios. Más poetas y menos reos. Ahí está nuestra magnífica literatura nacional, esperando a ser descubierta por este país de niños y jóvenes, llamándonos a leer esa realidad no contada, esta historia paralela e invisible que invita a construir nuevas formas de relacionamiento entre las distintas naciones históricas que conviven en el seno de este mismo Estado que sigue invisibilizando, segregando y excluyendo a los pueblos originarios, para poder construir otra realidad social.

Tengo la sensación de haber escrito lo anterior demasiadas veces. Y sin embargo sigue siendo necesario repetirlo porque aquí todo parece cíclico.

No llamo a manifestar. Llamo a que nos organicemos para hacer y promover murales y conciertos. A dar vida y voz a la música y al arte porque estos nos ayudan a vivir mejor. No solo porque necesitamos más libros y menos balas, sino porque como sociedad necesitamos recuperar el sentido de lo humano.

Muchos líderes en educación de proyectos comunitarios reivindican el arte y la música en la educación por ser estos fundamentales para la formación de un sentido de identidad y pertenencia cultural. Por ser imprescindibles para construir nación, es decir tender puentes entre los abismos sociales e históricos que nos separan.

La identidad de muchos países se ha construido a través de su música y de su arte. Porque la cultura es ese sistema de símbolos y códigos por el que y en el que interactuamos y por ello otorga sentimiento de unidad (cohesión) a un pueblo.

La forma en la que se organiza la vida social y cultural desde la música, danza, literatura y arte, es algo imprescindible para el alma de un pueblo, porque ello es la imagen que el espejo devuelve, es su autoestima, su identidad y su sentimiento de unidad frente a los otros.

Como sociedad tenemos una profunda necesidad de rendir honor y tributo desde la música, el baile y desde las letras a esta tierra apaleada donde el 50 por ciento de los niños tiene desnutrición, y donde los procesos de justicia y de memoria son obstruidos por viejos poderes e intereses.

La música es una revolución contra la violencia. Y en un país como el nuestro, la música y el arte son alas necesarias para poder volar hacia construir otra realidad.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/opinion/2018/01/08/la-musica-es-una-revolucion-contra-la-violencia/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
Marcela Gereda