Autor: Carlos López

Las palabras que tú me diste se las
he dado a ellos.

JUAN, 17: 8

Al tratar de encontrar una respuesta a la duda qué es la poesía, en lugar de obtener una contestación las preguntas se multiplican: ¿quiénes son los poetas?, ¿de qué están hechos los poemas?, ¿qué es el lenguaje?, ¿qué son las palabras? Lo que llamamos poesía es un entramado difícil de esclarecer, pero quizá la poesía no quiera aclararse a sí misma o tal vez allí quepan todas las revelaciones —«La poesía sólo sabe hacer preguntas y sentir miedo»: Juan Gelman—. En uno de sus aforismos, Karl Kraus afirma: «Artista es sólo aquel que puede convertir la solución en un enigma». De la misma manera, la poesía, como el artista, defiende su enigma, su incertidumbre. En «L’art romantique», Charles Baudelaire escribió: «La poesía no tiene más objeto que ella misma. Su fin no es la verdad, sino ella misma». Como dice Luis Cardoza y Aragón, «la poesía no piensa, no explica, no tiene certidumbres ni dudas, no demuestra: su carga de lucidez e inteligencia es inseparable de su condición formal. Imaginación y sensibilidad. La poesía no quiere ser. Es».

Wislawa Szymborska, en su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura, manifestó: «El poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso ‘no sé’. En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda…». Mas esta duda no recae en el titubeo, sino en la diversidad y en el hecho de replantearse el mundo. No es que la poesía sea un acto de inseguridad, es más bien un cuestionamiento constante, una zozobra ligada al placer.

¿Qué es la poesía para los poetas? En las páginas que siguen se oirá su voz, el mayor número de voces posible, con un afán contrario a la depredadora globalización de estos tiempos, pues el deseo no es que se diluyan las individualidades, sino que se sumen. Jorge Luis Borges escribe en «Otro poema de los dones»: «Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,/ por el hecho de que el poema es inagotable/ y se confunde con la suma de las criaturas/ y no llegará jamás al último verso/ y varía según los hombres».

Concuerdo con la idea de que los hombres y mujeres están escribiendo un solo poema y que parte de su riqueza es la variedad de voces e ideas; este gran poema no origina el caos, porque todo lo recóndito es universal y los seres humanos estamos unidos por lazos secretos, por la sangre. De esta forma lo concibe René Char: «Hacer un poema es tomar posesión de un más allá nupcial que se encuentra verdaderamente en esta vida, muy ligado a ella, y no obstante próximo a las urnas de la muerte».

Así, a la pregunta qué es la poesía cada poeta tiene una visión distinta, aunque en los matices algunos coincidan. Ésta ha sido vista como una confesión, una forma de hacer música, un reclamo, una descarga, una manera de intensificar la vida, una reflexión, un diálogo con el posible lector, una recuperación de lo genuino, una joya que debe cuidarse — «ella es hecha de una alquimia de tal virtud que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio»: Miguel de Cervantes Saavedra—, un objetivo para sacudir a los otros, la esperanza de trascender, una patria inusitada, el arrojo del alma, una posibilidad de salvarse o hundirse, un sendero para redescubrir el mundo, la reivindicación del espíritu, una tregua, un testimonio, un compromiso, la entrega, el autoconocimiento; un descender hacia lo prohibido, un milagro, un mensaje inédito que se transmite en el silencio —«Los poetas son los embajadores del mundo mudo»: Francis Ponge—, un trabajo fuera de lo común, una manera de nombrar todo lo existente, «una aventura hacia lo absoluto» (Pedro Salinas), un acto de rebeldía, un vínculo con lo divino, una crónica abismal de lo cotidiano, un instrumento para atesorar la belleza, un reflejo —«una especulación, un juego de espejos en el que las palabras, puestas unas frente a otras, se reflejan unas en otras hasta lo infinito, y se recomponen en un mundo de puras imágenes donde el Poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá»: José Gorostiza—, una manera de desnudarse, un trastorno, el misterio, una obra de las musas, un desafío a todo tipo de autoridad, un don, un castigo, una condena, «la prueba concreta de la existencia del hombre», según Cardoza y Aragón.

Los poemas se construyen con el lenguaje, pero qué es éste, qué es la palabra. El lenguaje nos sorprende porque, igual que los hombres, siempre está cambiando. No es novedad decir que quien escribe se ve obligado a indagar el corazón de cada palabra; que se pregunta sobre la etimología, el sonido, las acepciones, el orden de sus letras. En la tarea poética el lenguaje sufre alteraciones y éstas pueden producirnos un sacudimiento. En su libro El arco y la lira, Octavio Paz escribió: «El lenguaje es poesía en estado natural. Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y, asimismo, es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de transmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso. La palabra es símbolo que emite símbolos. El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que lo hizo ser otro y lo separó del mundo natural. El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo». Para Juan, el poeta del evangelio, «en el principio sólo existía la palabra y la palabra era Dios»; los creyentes comparten la idea de que en el génesis de la creación estaba el verbo, la palabra que mueve al mundo.

Una vez más nos encontramos en un terreno difícil; las palabras son entes vivos: ¿quién controla su cauce? Mas no nos interesan del todo las palabras aisladas; lo asombroso de un poema es que esa específica combinación de palabras nos transmite emociones. El lenguaje es una tradición y una forma de sentir. A menudo nos extraña que un poema nos conmueva o no; la poesía contiene, por lo menos, dos espíritus: el del poeta y el del lector; es indescifrable lo que origina el fenómeno de la emoción. Lo que sea, casi siempre ese encuentro se da en la intimidad silenciosa; la palabra revela, oculta, refuta y se coloca, para resaltar, en lo silente. La poesía reivindica el silencio que le han robado al mundo y éste es, si se permite el oxímoron, el sonido más primario de la existencia humana. El mismo silencio que reclama Rimbaud para el poema absoluto. La poesía no rechaza lo callado: la mitad de un poema es lo que no se dice. Amos Oz decía que en los momentos más decisivos de nuestra vida —al experimentar miedo o hacer el amor— no emitimos palabras sino silencio o, en todo caso, sonidos inarticulados. Ese silencio vital, ese pulso lo transmite la poesía; por esa razón es que, cuando un poema nos conmueve, no nos queda más que temblar. «El poema es como el uso del bisturí: cortar la carne que no sirve para llegar a la sonoridad del hueso, que es llegar al esqueleto, es decir, a la muerte. Tal vez el silencio sea el último destino del poeta», según Francisco Hernández.

En la poesía, el lenguaje no tiene el objetivo usual de comunicar ideas o conceptos. Cuántas veces nos han conmovido versos que no entendemos del todo, pero que tocan fibras internas que no sabíamos que existían. Para muchas personas, el encuentro con la poesía no ha sido a través de la razón; los lectores comunes —aquellos que no saben del oficio y los recursos poéticos— no se detienen a analizar; sin embargo, escogen, leen y se conmueven. La poesía transcurre en un tiempo distinto del de la vida cotidiana; su tiempo y su música no son utilitarios; por eso cuando, por ejemplo, estamos viendo una película en nuestro idioma original o en uno extranjero y algún actor lee o dice un poema, de inmediato sentimos que entramos en otra atmósfera: algo cambia, los sucesos más ordinarios se vuelven significativos, la música del texto nos arrastra por sendas novedosas. Paul Valéry decía que la prosa es un hombre que camina, paso a paso, todo el día, y la poesía es la danza. También afirmaba que «un poema vale por lo que tiene de poesía pura, es decir, de verdad extraordinaria; de perfecta adaptación en el dominio perfectamente inútil; de probabilidad aparente y que se impone en la producción de lo improbable».

En su idioma, «para el tupi-guaraní, ser y palabra, ser y lenguaje son una sola cosa. La palabra que designa ser es la misma que designa palabra. […] Habla y alma es una sola cosa. Uno es lo que uno habla» (Kawá Werá Jecupé). Para los k’iche’, poesía es palabra miel o palabra de abeja (aqaj tzij), canto dulce. Los tojolabales dicen canto y poesía con la misma palabra. Los mayas yucatecos llaman hijas de los ojos a las lágrimas. Para los zapotecos, «el mar besa a la tierra» es la forma de llamarle a la costa. Entre los mesoamericanos la poesía es flor. Para ellos no es importante quién hace el canto, sino quién lo pronuncia, porque se presenta frente a la comunidad como encarnación simbólica de palabras divinas. Desde siempre, el ser humano, ante la incapacidad de definir, habla usando metáforas. En nuestras civilizaciones hemos maltratado las palabras y, por consiguiente, el alma; en los medios de comunicación se destruye, desvirtúa y enajena el lenguaje. El hablante es incapaz de inventar palabras —porque no es una máquina de letras, es sólo el usufructuario de ellas—, mas tiene una enorme capacidad para corromperlas, malearlas, erosionarlas, para matar el lenguaje, su legado más preciado; pero, al mismo tiempo, es capaz de hacer arte con ellas, de ordenarlas, de darles valor.

El ser humano necesita de la poesía; incluso los hombres o mujeres que rechazan toda posibilidad de acercarse a ella, alguna vez se han sentido tocados por una canción, pensamiento o palabra. Según Cioran, «aun hallándonos a mil leguas de la poesía, dependemos de ella todavía por esa súbita necesidad de aullar —último estadio del lirismo—».

La poesía está lejos de figurar en las listas de popularidad; no es rentable, no llena estadios, no sale en el omnipresente televisor del mundo; sin embargo, aquí está, perdurando.

La poesía nos ha dado identidad, historia, voz. Por medio de las mitologías hemos ordenado nuestras pasiones y sentimientos. Si bien para la poesía no hay nada corriente y común, y cada cosa adquiere la viveza de lo reciente, también nos reconocemos como el eco del primer hombre, de la primera mujer: somos Eva y Adán, Penélope y Ulises, Paris y Helena. Cada guerra es de nuevo Troya ardiendo; sufrimos con la muerte de un amigo como lo hizo Gilgamesh; padecemos el poder como en las tragedias de Shakespeare; hacemos el viaje que realizó Ulises; conocemos el infierno a través de Dante; sabemos de los designios de Dios al acercarnos a Job. También, gracias a la poesía, podemos reconocernos y nombrar dolores y alegrías.

Szsymborska dice que «la inspiración no es privilegio de los poetas o de los artistas»: todos experimentamos la exaltación o la tristeza ante lo que nos pasa, mas es muy distinto sentirlo a decirlo o a saber transmitir aquello que padecemos o disfrutamos. Al leer un poema, ese poema que el azar, la curiosidad o la suerte ha puesto en nuestras manos, sentimos que quien lo escribió nos conoce, que adivina ese específico sentimiento que vivimos. Por eso en el libro Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta, el cartero, al usurpar un poema de Pablo Neruda para enamorar a una mujer, le argumenta al poeta que «la poesía es de quien la usa, no de quien la escribe». Sigmund Freud afirmaba que los poetas y los filósofos habían descubierto el inconsciente antes que él.

Pedro Salinas dice que «los poetas pueden definirse como los seres que saben decir mejor que nadie dónde les duele». Quizás por esa capacidad de nombrar lo profundo, a la poesía se le ha asociado con la magia, los poderes ocultos, la súbita iluminación. Pero más que eso, la poesía desciende y alcanza la interioridad y eso atemoriza al ser humano. El hombre del tiempo actual rehúye la soledad; no se conoce, no está preparado para lo que siente; se asusta de sus abismos, ignora sus sueños, sus ideas.

Sin embargo, no nos debemos olvidar de la imaginación, el otro ingrediente de la poesía. Ya hemos hablado de los sentimientos y del refulgente encuentro con un poema. No es necesario que lo escrito remita a esa bruma que llamamos realidad; el poema sale de una experiencia real, pero se transforma en otra cosa. La poesía logra darle un espacio a la libertad y allí se sitúa lo imaginativo. Lo que leemos puede, incluso, alterar nuestra fisiología y dejarnos con una sensación de incompletud, porque no sabemos a ciencia cierta qué nos pasa. El verdadero arte es el que nos deja soñando, el que resuena mucho tiempo después del primer hallazgo; éste se prolonga en la medida que nosotros no resolvemos el acertijo, que no se aclara, pues hay tantos significados como transformaciones en un lector. Gaston Bachelard considera que «La imaginación es, sobre todo, un tipo de movilidad espiritual, el tipo de la movilidad espiritual más grande, más vivaz, más viva». Por su parte, Constantino Cavafis poetiza: «Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón/ si de ti no provienen,/ si tu alma no los imagina».

La imaginación, para lograr esa vivacidad, requiere de las experiencias y del conocimiento que quizás ya están en el poeta. Borges decía que al escribir tenía la sensación de que ese algo ya prexistía: «No tengo la sensación de inventar, no tengo la sensación de que dependa de mi arbitrio; las cosas son así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas».

Con frecuencia lo que nos atrae de los poemas es su originalidad, una palabra difícil de emplear en tiempos en que el exceso de información nos ha hecho perder el asombro; mas la importancia de lo original puede sacudir más de lo que pensamos. Según Bachelard, «el pensamiento, al expresarse en una imagen nueva, se enriquece enriqueciendo la lengua. El ser se hace palabra».

La poesía nos invita a recorrer caminos desconocidos, compone otra realidad que nos causa emociones verdaderas. Muchas de las vanguardias en la literatura han surgido por la necesidad de lo original, de renovar. Aunque «para el poeta todas las épocas y todos los lugares son sólo uno, la materia que emplea es eterna y eternamente la misma: ningún tema es inepto, ningún pasado o presente es preferible. El silbido del vapor no le asustará, así como tampoco le aburrirán las flautas de la Arcadia: para él no hay más que una época, el momento artístico; que una ley, la ley de la forma; que un país, el país de la belleza, país, en realidad, alejado del mundo real y, sin embargo, más cuerdo por ser paciente; que una serenidad, esa serenidad que descansa sobre los rostros de las estatuas griegas, la serenidad que no proviene de la repulsa, sino de la absorción de la pasión, la serenidad que la desesperación y la tristeza no pueden turbar, sino únicamente intensificar. Y así es como sucede que aquel que parece más alejado de su siglo es quien mejor lo refleja, porque ha despojado a la vida de cuanto es accidental y transitorio», según Óscar Wilde. Sobre esto abunda Cesare Pavese: «Los argumentos doctrinales y técnicos —sean del consenso de colegas competentes, de lectores bien intencionados o de los padres más reverenciados— sólo logran alejar al poeta de la literatura, y le impiden desempeñar su tarea que consiste en descubrir territorios desconocidos. La sujeción ideológica ejercida sobre el acto de la poesía transforma, de buenas a primeras, a los leopardos y a las águilas en cocodrilos y perros falderos. En otras palabras: instala la Arcadia».

Alcanzar lo nuevo requiere de una observación poliédrica y de la aprehensión del vasto vocabulario. La imaginación es ardua; no surge, como muchos nos quieren hacer creer, de la nada. El poeta se interna en la entraña de cada cosa, de cada pequeñez: sabe los nombres de los árboles, las flores, los peces; conoce los ciclos de un jardín; conoce, y no se limita a nombrar, la superficie rugosa del tronco; palpa, huele, prueba, escucha, ve. Sólo a través de lo que conoce es capaz de poetizar. Por esta razón, cuando leemos, por ejemplo, este verso de Ramón López Velarde: «el relámpago verde de los loros», sentimos frescura, incluso divertimiento. Se nos viene, casi como una navaja, la dominante sensación del color. Pasa lo mismo con el sonido que se oye al recordar el último verso de uno de los primeros poemas de la tradición oral china del cual se tiene memoria: Un pastor está lejos de la mujer que ama; se encuentra solo bajo el frío de la noche, cuidando su rebaño; piensa que en ese momento su mujer está en la casa, al lado del fuego, cosiendo y «él escucha el sonido de sus tijeras bajo la noche profunda».

La imaginación que nos da un poema puede ser tan perturbadora que llega a alterar todos nuestros sentidos y no sabemos cómo definirla. Huidobro decía que el poema «crea situaciones extraordinarias que jamás podrán existir en el mundo objetivo, por lo que habrán de existir en el poema para que existan en alguna parte. Un poeta debe decir aquellas cosas que nunca se dirían sin él». Roberto Juarroz piensa que «la única manera de recibir una creación es crearla de nuevo; tal vez, crearse con ella».

La imaginación nace de lo concreto; los grandes conceptos están bien así como son. Si bien el poeta trabaja con lo abstracto, al metaforizar necesita de los elementos de todos los días. El poema no se detiene en la referencia ni en la anécdota. Las imágenes, cuando son acertadas, rebasan, incluso, la sorpresa inicial y se incrustan en una zona más significativa de nuestro interior. Se unen a la vida igual que otros acontecimientos íntimos y permanecen en nuestro espíritu de la misma forma que el amor o la muerte. Ya nos pertenecen para siempre.

En el mundo confuso en que vivimos —en el que «los bárbaros que nos rodean destrozan nuestras mejores fuerzas antes de que puedan aspirar a un hacer creativo», según Hölderlin— se nos dificulta distinguir a los poetas de los que no lo son. Parece algo increíble, pero entre más desconcierto hay en las sociedades más necesidad se tiene de la palabra y surgen poetas por todos lados. Parte de esta necesidad es el afán de no perderse entre las masas y, muchas veces, de alcanzar los ya famosos quince minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol. Por fortuna, en poesía no hay quien tenga la última palabra y determine quién es poeta y quién no. Estamos, una vez más, en los dominios de la subjetividad. Al poeta se le coloca en sitios peligrosos: o se le sacraliza como un elegido intocable o se le desprecia y se le intenta anular. No sabemos quién es el poeta porque, además de ser un artista, es un ser humano y puede ser mejor o peor que su obra. Emilio Adolfo Westphalen fue esclarecedor al respecto: «Fueron y son muy pocos los autores a quienes no quede holgado el nombre de poeta. No es suficiente haber escrito algunos o muchos poemas (incluso excelentes), hay que considerar —además de la obra— el género de vida que llevaron. El poeta digno de ser así llamado es el que está siempre al atisbo del misterio (porque el misterio es cotidiano), dedicado a acechar y a rastrear la huraña corriente poética. Por ello asumen una actitud vital diferente —adquieren ademanes, costumbres, reacciones—, se hacen de una idiosincracia que los aparta de los demás mortales (sin que ellos mismos se den cuenta) y los vuelve inconfundibles en el trato diario doméstico». Para algunos, el poeta es un revelador, un ser que dice verdades y por eso se merece que lo tengan a distancia. El poeta es una conducta moral, sentenció Miguel Ángel Asturias. «Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es la lengua del alma», afirmó, hace más de quinientos años, De Cervantes Saavedra.

Con frecuencia, a los poetas se les asocia con la lumbre y con el acto de arder. Rimbaud decía que el poeta es un ladrón de fuego. Dylan Thomas consideraba que para que se diera el milagro de la poesía había que hacer mucho trabajo ardiente. Y la verdad mágica de los milagros es que a veces se producen, según Chesterton. Blaise Cendrars, en L’homme foudroyé, de 1945, concebía el renacimiento entre las cenizas, reiterando el mito del ave Fénix, gracias al arte: «Me incendié en la soledad, porque escribir es consumirse… La escritura es un incendio que abrasa a un gran torbellino de ideas y que hace relumbrar a las asociaciones de imágenes antes de reducirlas a brasas crepitantes y en cenizas que vuelven a caer… Porque escribir es quemarse vivo, pero es también volver a nacer de esas cenizas». De modo similar, Pierre Reverdy escribe: «La Poesía es a la vida como el fuego a la madera: emana de ella y la transforma. Durante un momento, un breve momento, engalana la vida con toda la magia de las combustiones y las incandescencias. La Poesía es la forma más ardiente y más imprecisa de la vida. Después, ceniza». Efraín Bartolomé lo poetiza en un dístico: «He aquí que soy poeta/ y mi oficio es arder». En el mismo sentido flamígero, Humberto Ak’abal, de acuerdo con la teoría de la recepción, escribe: «La poesía es fuego,/ quema dentro de uno/ y dentro del otro./ Si no, será cualquier cosa,/ no poesía». Una cosa es evidente: sólo el ser humano es capaz de producir fuego, de escribir poesía.

Lo cierto es que muchos poetas se asumen como seres distintos de los demás: no mejores o peores. En el poema de Edgar Allan Poe que aparece en este libro, él escribe: «Desde la infancia no he sido como eran otros». En constantes ocasiones, el poeta no toma su condición como una dicha o un don sino como una condena; mas la condena no se refiere de modo específico a la escritura, al oficio, a la experiencia directa con las palabras; se refiere, más bien, al hecho de tocar fondo. Augusto Monterroso no lo ve así; según él, “debería desterrarse a todo artista que tome su arte como una tragedia. Tal vez uno tenga derecho a quejarse de la vida, pero no de su oficio. Y menos del de escribir”. No piensa lo mismo Pavese: «La vida se venga —y está bien— si uno le roba el oficio». José Emilio Pacheco lo dice de otra manera, refiriéndose a quienes escriben poesía: «Precio que algunos hombres pagan por no saber vivir».

Lo que desconcierta a las sociedades es el hecho de que no pueden aprehender al poeta; lo pueden encarcelar, ignorar, desterrar, matar, pero con esas decisiones no lo anulan, no lo callan, no lo compran. La extrañeza que causa el artista es que no tiene un título que lo apruebe, ni hay academias que garanticen el toque mágico; ya se sabe que el poeta es por aclamación, mas esa aclamación puede tardar en llegar quinientos años o puede ser ofrecida por algunos lectores en la intimidad de un salón. Al respecto, Robert Graves señala: «Aunque se le reconoce como una profesión culta, [la poesía] es la única para cuyo estudio no existen academias y en la que no hay un patrón, por tosco que sea, con el que se pueda medir la pericia técnica».

El poeta no es sólo el amanuense, el escriba; puede llegar a ser la voz, la conciencia de muchos, pero, por supuesto, sin que él se lo proponga. De igual modo, como afirma Ezra Pound, «es importante que se escriba gran poesía, pero no importa en absoluto quién la escriba»; el poeta, al ser la voz de su comunidad, vuelve anónima su voz: es la poesía lo que le importa, no el derecho de autor o la retribución pecuniaria, menos la obtención de premios, becas a perpetuidad o manutenciones estatales. No obstante, «nadie puede exigirle al poeta que sea noble, elevado, moral, piadoso y cristiano, porque él es el espejo de la humanidad y presenta a ésta la imagen clara y fiel de lo que es» (Arthur Schopenhauer).

Otra característica que le imponen al poeta es la locura. A menudo, se le tacha de loco, vicioso, incoherente. Esta característica no es una ley. Volvemos a la diversidad: si ser diferente es ser loco, todos los que cuestionan a los sistemas estarían en hospitales psiquiátricos. Hay poetas que fueron a dar al manicomio —no por la causa poética— y hay poetas que vivieron una vida ordinaria, es decir, tuvieron una casa, una familia y ni siquiera realizaron muchos viajes. Emily Dickinson, La Monja de Amherst, vivió encerrada en la mansión familiar donde nació, desde los veintiséis hasta los cincuenta y seis años, edad en que murió, escribiendo intensos poemas a partir no de su experiencia en el mundo sino de sus carencias; para escribir sólo necesitó el silencio de una casa y una ventana que daba al jardín. Juana Inés de la Cruz, La Monja de Nepantla, sola, en una celda monástica, trabajando en causas filantrópicas y atendiendo a su familia, logró hacer poemas universales.

El arte se presta a que se haga mito de quienes lo hacen. Es verdad que hay existencias extraordinarias que superan toda leyenda, pero también es cierto que lo insólito no es patrimonio de la vida de los artistas. Escribe José Saramago en El equipaje del viajero: «Al poeta se le llama El-que-habla-solo, porque se creía que la poesía es una forma de locura no siempre mansa y porque algunos abusaban del privilegio de hablar alto con la luna o de lanzarse a soliloquios hasta cuando estaban en compañía». Según Platón, «todo aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo por escribir de acuerdo con determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta. Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura divina».

Inclusive ahora, al poeta se le ve con cierto recelo, quizás porque es un ser que ejerce su libertad. Mas el poeta, aun con el conocimiento y el oficio, como cualquier otro ser, no tiene garantizados el éxito, los lectores, la posteridad. Hay poetas que reciben la gloria en vida y son olvidados de inmediato y hay quienes son reconocidos después de muchos años de su muerte o no son reconocidos nunca. Lo que sea, el trabajo del poeta se ve recompensado con la experiencia de la escritura. Hay quienes, también, rehúyen del reconocimiento oficial, como Malcolm Lowry, quien, al conocer la fama, escribió un poema cuyo verso inicial es éste: «El éxito es como un horrible desastre».

Todo artista reflexiona sobre su oficio. Muchas cosas se han dicho sobre la escritura. Según Aristóteles, se podía alcanzar lo divino a través de un trabajo y un conocimiento sin tregua ni descanso. Ningún poeta verdadero rechaza la técnica y el estudio, pero todos sabemos que eso no basta para lograr que la emoción perdure en el poema. Salvador Díaz Mirón postulaba que la poesía era una «pugna sagrada con tres heroísmos en conjunción: pensamiento, sentimiento y expresión».

Si la poesía causa tanta atracción es porque captura lo vivo, pero, ¿eso depende del poeta? Para la mayoría de los que escriben, esto es un ámbito complicado de explicar. Para Marguerite Duras: “Escribir es lo desconocido. […] Si se supiera algo de lo que se va escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena». Por su parte, John Ruskin cree que «al poeta altamente creativo puede concebírsele, en gran medida, como un ser impasible, captando en realidad todos los sentimientos en su total integridad, pero poseyendo un gran centro de reflexión y conocimiento».

Los poetas defienden su zona oscura, sus materiales de trabajo son otros; para ellos cada cosa adquiere importancia: toman para sus poemas las sensaciones, los sueños, las caminatas, los hallazgos de la infaltable observación. Según Rilke, «Para escribir un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecillas por la mañana». Hay que trascender la existencia, vivir, para palpar las cosas que pasan en ella.

Para los poetas no hay temas buenos o malos, su ambición primordial es renombrar el mundo y esto significa que tendrán trabajo para toda la vida. Sobre esto, Emerson plantea que «el poeta es el único sabio verdadero; sólo él nos habla de cosas nuevas, pues sólo él estuvo presente en las manifestaciones íntimas de las cosas que describe. Es un contemplador de ideas; anuncia las cosas que existen de toda necesidad, como las cosas eventuales. Pues aquí no hablo de los hombres que tienen talento poético o que tienen cierta destreza para ordenar las rimas, sino del verdadero poeta». En uno de sus aforismos, Cioran sentencia: «El valor intrínseco de un libro no depende de la importancia del tema (si no, los teológicos serían los más importantes), sino de la forma de abordar lo accidental y lo insignificante, de dominar lo ínfimo. Lo esencial no ha necesitado nunca del menor talento». Jean Franco piensa que la referencia más importante para encontrar respuestas más complejas a los grandes asuntos sociológicos es la poesía. Al respecto, Max Jacob, en su Art poétique, de 1922, precisa: «El tema no tiene importancia y tampoco lo pintoresco. No se preocupa uno más que por el poema mismo, es decir, por la concordancia de las palabras, de las imágenes y de su llamado mutuo y constante». En 1919, Jean Cocteau creaba esta hipérbole: «El poeta asocia, disocia, voltea las sílabas del mundo». Para Percy Bysshe Shelley, «los poetas son los hierofantes de una inspiración que no es posible aprehender; los espejos de las gigantescas sombras que el futuro proyecta sobre el presente; las palabras que expresan lo que ellos no comprenden; las trompetas que impulsan a la batalla, y que no sienten aquello que inspiran; la influencia que, sin ser movida, impele. Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo».

Algunos poetas afirman que escuchan sus poemas, que sienten como si alguien les dictara lo que escriben; otros dicen que en momentos inesperados sienten la necesidad de escribir y lo hacen en servilletas, periódicos o envolturas y hasta en las manos y brazos. Otros invocan a la musa desde sus máquinas de escribir o desde el insomnio acechante. El poeta ve lo invisible; es un nictálope. La mayoría coincide en la indefinición de su tarea. Pueden escribir tratados, consejos, procedimientos, mas el instante exacto de la escritura es indescriptible. A Poe aún se le sigue cuestionando la detallada explicación que da sobre la escritura del poema «El cuervo» en La filosofía de la composición. Una cosa es irrefutable: nadie escribe sobre algo que no siente. Paul Klee dijo en 1925, refiriéndose al papel del autor en la elaboración de una obra de arte, que a él le fue dado «recoger lo que sube de las profundidades y transportarlo más allá; [el artista] no es ni servidor sumiso ni amo absoluto sino simple intermediario. El artista ocupa un lugar muy modesto. No reivindica la belleza del ramaje; ésta no ha hecho sino pasar a través suyo». Ovidio lo percibe así: «Un dios habita en nosotros; cuando él se agita, llénase de ardor nuestro espíritu. Este impulso es el que hace germinar las semillas de la celeste inspiración».

Lo que sabemos de cierto es que no hay fórmulas para escribir y cada poeta tiene una historia singular. En la antigüedad, a los poetas se les imponían las rimas y los temas; en el siglo XX, a través de las vanguardias, se promovieron otras formas de enfrentar la poesía: los futuristas alabaron la velocidad, los surrealistas divulgaron la escritura automática, los imaginistas se proclamaron en favor de retos específicos en el oficio. Ahora, para los poetas jóvenes, es difícil asimilar lo que la vasta producción poética ha enseñado. Hoy el joven, por eficaz o torpe que sea, se impone la misma tarea que se impuso Homero (o la voz colectiva llamada Homero) y trabaja para que el milagro suceda. Borges dijo alguna vez: «Si la inspiración existe, a mí siempre me encuentra trabajando». Ser poeta no es obra de la casualidad, aunque la mayoría concuerda en que, además del trabajo, ya se nace poeta. Ya De Cervantes Saavedra lo había escrito en el Quijote: «El poeta nace: quiere decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta, y con aquella inclinación que le dio el cielo; sin más estudio ni artificio, compone cosas: est Deus in nobis».

CL
Autor: Carlos López

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