A vuelo de pájaro

Un deber ineludible

Carmen Matute

Este documento fue leído por su autora en la inauguración de FILGUA 2016. Las palabras siempre cumplen su cometido. Pero las acciones… como dijo Cervantes “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”.

Al referirse a Latinoamérica, en una conferencia sobre el Papel social del novelista, dictada en Ginebra en 1967, Alejo Carpentier se cuestionaba sobre el rol que debía desempeñar el escritor: Y me pregunto ahora si la mano del escritor puede tener una misión más alta que la de definir, fijar, criticar, mostrar el mundo que le ha tocado en suerte vivir.
Me apropio de sus palabras y las traigo a este recinto porque señalan el camino que debemos seguir los escritores de Latinoamérica en la búsqueda de tareas que debemos enfrentar, principalmente las mujeres que hemos escogido la literatura en un país como el nuestro, tan lleno de carencias. La tarea que nos aguarda es tomar la palabra como herramienta, como poder del espíritu frente a la violencia, para documentar nuestro tiempo en calidad de testigos; para que la poesía sea el espejo borroso de nuestra sociedad como quería Louis Aragon, para que cada poeta sople sobre ese espejo empañándolo con su aliento de diferentes maneras.

Nuestra tarea, nuestro oficio, es escribir como amanuenses que solo esperan, cada día, el dictado de las historias ajenas. Ese debe ser nuestro quehacer; uno solitario, pero hermoso.

Guatemala, al igual que muchos países latinoamericanos que aún se “están haciendo”, todavía se encuentra en el inicio de su historia aunque detrás de esta “nueva historia” se acumulen siglos llenos de sabiduría, de arte, de ciencia, evidenciados en la piedra labrada de los palacios, los altares y las estelas; en las calzadas y caminos cuyos vestigios aún podemos admirar en las ciudades construidas en medio de la selva; en el jade que adornó los soberbios torsos de príncipes y reyes; en el amate sobre el cual se escribieron los libros sagrados de los Mayas. “Historia distinta, desde un principio, puesto que este suelo americano fue teatro del más sensacional encuentro étnico que registran los anales de nuestro planeta; (…)” –de nuevo cito a Carpentier– mas no vengo a hablar con nostalgia lacerante del pasado lleno de esplendor de nuestro país.

Hoy quiero hablar sobre hechos que suceden en nuestro presente, y de ese presente deseo rescatar una figura heroica de este país: la mujer, con sus afanes y su lucha por sobrevivir en condiciones marginales, debido a la pobreza y la ignorancia. De esas mujeres, que probablemente siendo niñas pertenecieron al 26% de la población infantil que no asiste a la escuela, es de las que me propongo hablar hoy. Pues creo firmemente que las mujeres que hemos tenido el privilegio de acceder a la educación formal tenemos un deber ineludible hacia las menos afortunadas. Y pienso también, que de ese grupo minoritario, elitista por escaso, de mujeres educadas, somos las escritoras las que debemos estar a la vanguardia en la lucha para mejorar sus oportunidades de vida. Las escritoras somos las llamadas a dar testimonio de las mujeres que vemos diariamente en calles y mercados, caminando por regiones desoladas, o sentadas vendiendo fruta, artesanías, o cualquier otra cosa frente a sus precarias viviendas a la vera del camino, siempre rodeadas por su numerosa prole; de las mujeres que son explotadas en burdeles opulentos o miserables porque la prostitución es lo único que aprendieron desde su infancia; de las que trabajan en fábricas y maquilas de sol a sol por una mísera paga sin ninguna esperanza de movilidad social; debemos contar el sufrimiento de las niñas víctimas del incesto, de los golpes, del abuso, de una maternidad temprana. Esta es una realidad siniestra que debemos contar página por página para divulgar la verdad de estos nuestros países tan pobres y desamparados. Lo he afirmado en otras ocasiones: debemos continuar escribiendo esa literatura reivindicativa escrita por las mujeres de Latinoamérica en los últimos años, que nos hace sujetos de nuestra propia historia de marginación. Ese es el papel que nos corresponde, y al aceptarlo estaremos cumpliendo nuestra tarea de visibilizar a las mujeres marginadas, a las maltratadas, a las más pobres entre los pobres.

Muy lejos de mis propósitos se encuentra la literatura de pancarta, de propaganda, pero sí considero que todo aquel que ejerce el oficio de escribir debe asumir la literatura tal como la concibió Miguel Angel Asturias: como un alegato “en reclamo de los que por nuestro verbo hablan, piden, claman, lloran, se arrebatan, protestan, ríen con risa de máscaras o se conforman con callar”.

Según afirmó el estudioso Martin Lienhard en un ensayo sobre la obra asturiana, Miguel Ángel “defiende explícitamente la idea de que el escritor ladino es portavoz también –o sobre todo– de los “vencidos”.

Y me pregunto ¿a quién podemos colocar entre esos “vencidos”? La lista es larga, pero en este momento hablo de la mujer y a ella la coloco en primer lugar en esa lista terrible, porque de ella depende principalmente uno de los basamentos de la sociedad, que es la familia. Sea latinoamericana o proveniente de otras latitudes, el compromiso posible y que debe ser compartido, es prestarle nuestra voz de mujeres privilegiadas por la educación formal; prestarle nuestra palabra para hablar con voz fuerte sobre su desamparo, sus carencias, su muerte temprana.
Pensemos por un instante en los millones de seres, estas mujeres que he mencionado, cuyo trágico destino no les ha permitido siquiera tener un libro entre sus manos. Y no olvidemos a los millones de niños alejados de las aulas por la pobreza, obligados a trabajar desde una temprana edad, sumidos en la ignorancia total. Niños que realizan trabajos de todo tipo, algunos tan agotadores como romper piedras con un cincel, en lugar de pasar entre sus dedos las páginas de un libro.

Mujeres y niños. Además de escribir su historia llena de desamparo, deberíamos también abrir para ellos la primera puerta: aprender a leer. La lectura no solo nos abre las puertas del conocimiento, del entretenimiento; sino también nos lleva a conocer nuestra propia historia, la de este continente, ampliando a la vez nuestra comprensión sobre otros pueblos y culturas.

Pero ese es un largo proceso, que va más allá de leer someramente y firmar con un garabato, para citar de nuevo al cubano Carpentier. Para acceder al libro, debe haber un esfuerzo largo y sistemático para dar ese gran paso de la cultura oral a la cultura escrita. Esto es algo que deberían comprender nuestros gobiernos y ponerlo en práctica.
Como afirmó el poeta granadino Federico García Lorca, al inaugurar la biblioteca de su pueblo Fuente Vaqueros, hace ya casi un siglo:

No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. (…)

¡Libros! ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en cartas a su lejana familia, solo decía: “Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón.

Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

¡Leer, es uno de los verbos más hermosos!

Fuente: [http://www.opinionpi.com/detalle_articulo.php?id=863]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.