Una historia de terror

Jaime Barrios Carrillo

“Pena de muerte” se llamaba la instalación del artista Luis Díaz expuesta hace unos años. Tres grandes óleos de brutal expresionismo figurativo representaban una pared perforada por múltiples balazos. En el suelo, tres figuras pintadas en blanco, siguiendo las formas de cuerpos humanos caídos, imitan la investigación criminológica.

Producía una fuerte impresión sobre el momento en que se le quita la vida a un ser humano, al mismo tiempo que ponía el tema de la pena de muerte ante la conciencia del público.

La historia de Juan Tzoc en el relato de Monteforte Toledo (Un hombre y un muro) nos sigue recordando la injusticia ancestral que condena al “sitio donde se olvida hasta el olvido”. Juan Tzoc es el reo fusilado en un muro.
Los anteriores son ejemplos del arte y la literatura. Pero en la vida social, la cultura de la muerte está históricamente enraizada en Guatemala. Basta remontarse a la Independencia y las guerras centroamericanas que le siguieron para verificar las cientos de ejecuciones sumarias. Los enemigos atrapados, sobre todo por el delito llamado de sedición, es decir que se trataba de delitos políticos, eran pasados por las armas. Incluso, bajo el mandato de Rafael Carrera, el llamado Caudillo de los pueblos, se ordenaron ejecuciones de descuartizamiento utilizando caballos.

En Quetzaltenango y durante el enfrentamiento entre liberales y conservadores en el siglo XIX fueron fusilados casi un centenar de personalidades de la ciudad altense. A finales de siglo volvieron a ser fusilados miembros de la burguesía quezalteca, Sinforoso Aguilar y el filántropo Juan Aparicio Mérida, a quienes se les condenó sumariamente y no valió el indulto dado por el presidente Reyna Barrios, ya que el ministro del Interior, Manuel Estrada Cabrera, llevado por un instinto de venganza contra Aparicio por sucesos remotos de su infancia, hizo perdedizo el telegrama que no llegó sino cuando ya los fusilamientos de habían realizado.

Jacinto Benavente vino a Guatemala en 1923 para estrenar su obra Más allá de la muerte. La llegada del célebre dramaturgo y premio Nobel no pudo menos que conmover a la pequeña capital guatemalteca. El Imparcial le dedica una edición especial y el ilustre visitante es recibido por el general Orellana. Benavente pide ante un numeroso público por la vida del sargento Julián Gómez, sentenciado a muerte por el levantamiento de Palencia. El Gobierno corrupto de Orellana, ante la presión de la opinión pública y de la prensa, accede al indulto. El Imparcial publica entonces una nota que terminaba literalmente: ”el sargento Gómez no puede ir al patíbulo”.

No fue llevado al paredón, pero de todas maneras fue ajusticiado extrajudicialmente (un mes más tarde). Se pretendió hacerlo pasar por un tal Julio López. Mas reportajes periodísticos descubrieron la maniobra y la opinión pública pudo saber que el ley fugado era el mismo Gómez, un mes antes indultado por la petición de Benavente.

El levantamiento en Palencia a mediados de 1922 fue parte de una larga cadena de pequeñas y fracasadas insurrecciones locales, poco coordinadas entre sí, contra el Gobierno del general golpista Orellana. Los fusilamientos “legales” y los extrajudiciales que sobrevinieron fueron cuestionados por la intelectualidad de la época y por la prensa. El jueves 24 de agosto de 1922, otro de los condenados, Francisco Lorenzana, había sido entrevistado en su celda por el legendario Ricardo Arenales (Porfirio Barba Jacob). Esta entrevista y otros artículos sobre ejecuciones de El Imparcial, más lo publicado en la apologética prensa oficialista, fueron un primer debate a través de los medios de comunicación sobre la pena de muerte en Guatemala.

El “ministro de Guerra” de Orellana era el futuro tirano Jorge Ubico, hijo de un furibundo político de nombre Arturo Ubico, el cual influyó pavorosamente para que fusilarán a los ciudadanos acusados del célebre complot de Kopeski contra Justo Rufino Barrios. Barrios dudaba; Arturo Ubico, su ministro, lo convenció. Fue una masacre.

El general Jorge Ubico llegaría a ser el campeón de la Ley Fuga y de la pena de muerte. Durante su dictadura de 14 años fueron ejecutados decenas de ciudadanos, entre ellos el líder obrero Juan Pablo Wainwright, quien intentó suicidarse cortándose las venas en prisión. Se dice que escribió una consigna antiubiquista con su propia sangre en las paredes de la ergástula donde esperaba la muerte. Lo ”curaron” médicos militares para que pudiera caminar y pararse frente al pelotón de fusilamiento en el interior de la antigua penitenciaria. Fue ejecutado a las cuatro de la madrugada y “¡Viva la vida!” habrían sido sus últimas palabras.

La pena de muerte por causas políticas fue eliminada formalmente de nuestras constituciones. Pero ha sido con dramática frecuencia “letra muerta”. Desde la Ley Fuga a las masivas ejecuciones extrajudiciales durante el conflicto armado interno. La manifestación más abominable de esta cultura jurídico/legalista de la muerte (por los contenidos inquisitoriales y sus formas clandestinas) fueron los Tribunales de Fuero Especial, creados por general golpista Ríos Montt. Con la excusa de combatir el comunismo fueron ejecutados miles y miles de guatemaltecos en las últimas décadas, lo que Amnistía Internacional llamó alguna vez “ejecuciones extrajudiciales dentro de un plan gubernamental de asesinatos políticos”.

En la década de los noventas del siglo pasado se instaló el llamado módulo de la muerte en donde se aplicó la inyección letal en vez de fusilar a los condenados a la pena máxima. Aduciendo que este método era “más civilizado”. En el 2000 se suspendió de hecho la aplicación la pena por razones formales: no estaba definido el proceso de indulto. Este año, la Corte de Constitucionalidad declaró inconstitucional cinco delitos contemplados en el Código Penal para acabar de hecho con la posibilidad de poder condenar en Guatemala a la pena capital. La decisión política final debe tomarse en el Congreso.

En definitiva, los miles de fusilamientos durante la historia de Guatemala no han contribuido en nada para combatir el crimen y ni como método disuasivo. La muerte se ha enquistado en la mentalidad de los guatemaltecos y, por el contrario, el valor de la vida y de los derechos humanos se desprecia de hecho en una cultura de actitudes agresivas, de pistola en mano y de “te callas o te mato”.

Fuente: [http://gazeta.gt/una-historia-de-terror/]

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