The Gossip Project

Danilo Santos

I

El disparo perforó limpiamente el cráneo y destruyó el tejido blando del cerebro antes de salir rompiendo en pedazos hueso y carne del otro lado, la masa encefálica siguió la trayectoria de la bala y se derramaba profusamente por un gran agujero en la sien izquierda. Estaba muerto. Sus ojos abiertos ya no miraban nada, la boca entreabierta tampoco decía nada. En su mano derecha una nueve milímetros, en la izquierda un ejemplar de… un momento, qué pasa, por qué me veo ahí tirado, estar muerto es estar muerto, me veo, que mal me veo, qué pasa, qué pasó.

Transcurrieron unos segundos y todo permanecía en silencio, el estruendo del disparo se había ido con la vida de aquel hombre, él flotaba ahora sobre sí mismo o sobre lo que quedó de su cuerpo, al fin me liberé entendió. Durante años pasó pensando en quitarse la vida, como último acto de rebeldía y libre albedrio; por qué carajo no puedo yo decidir cuándo morir pensaba, por qué cualquiera puede venir y quitarme la vida y yo mismo no puedo hacerlo. El asunto de la muerte no era una cuestión de dolor o decepción, era incluso una rara forma de un último placer, egoísta, solitario, morboso. Por supuesto estaba todo aquello de no encajar en el mundo y las consabidas etiquetas de oveja negra y demás, pero después de cuarenta años ya se había acostumbrado a ir contracorriente en todo.

De niño se sumergía durante mucho tiempo bajo el agua, esperando ahogarse, pero lo único que lograba era aumentar cada vez más su capacidad para bucear aguantando la respiración, en su imaginación infantil incluso llegó a creer que era capaz de respirar en el suelo de la laguna en la que se metía; se ponía de espaldas y veía la luz del sol difuminarse al paso de los peces, ponía las manos entrelazadas detrás de la cabeza y cruzaba las piernas, como si estuviera echado en la orilla tomando el sol, permanecía así, según él, mucho rato, fingía quedarse dormido. Cuando lo hacía en el mar, nadaba y nadaba hacía abajo hasta que sentía que los oídos le iban a reventar, quería llegar hasta lo más profundo, pensaba que tenía que haber algo distinto, un lugar para vivir; sin aire y con dolor en los tímpanos emprendía el ascenso desesperado, luego de tragarse una bocanada grande, flotaba por largo rato enojado consigo mismo por no poder llegar más lejos en lo profundo.

Esta vez lo había logrado, había ido más lejos, un clic fue seguido por una detonación y fue todo. Al fin podía despreocuparse de respirar, del dolor en los oídos, su cuerpo ya no lo ataba a nada. Y se marchó. En su mano izquierda un ejemplar de Dolphin Oji.

II

Las flores aún conservaban su rocío y el cuerpo inerte de aquel desventurado, también, la piel se le tornó grisácea, los labios palidecieron y sus pies eran ya de color púrpura. Frente a él, un perro lo veía fijamente, sin moverse. De cuando en cuando daba vueltas y escrutaba el aire alrededor, como buscando el alma del que yacía mirando cielo matutino sin mirar ya nada. Lloriqueaba y volvía a sentarse. Había pasado la noche entera en esa acción, no se atrevió a lamerlo o lamer la herida, sabía que algo había pasado y estaba asustado. Se sacudió la humedad acumulada durante la noche y volvió a sentarse, como esperando que su dueño se levantará y le arrojara un limón que le acercaba con la nariz.

El día transcurría de manera normal, el país se había acostumbrado a la barbarie y en las noticias de las siete de la mañana ya se podían contar los muertos por docenas, los asesinatos eran tan comunes como el catarro; por dinero, por cólera, porque si, la muerte llegaba sin avisar y casi en cualquier lugar para cualquier paisano. Yendo por la carretera, todos los días se podía observar por lo menos un cuerpo cubierto por una sábana blanca a un costado del camino acompañado de una veladora y un vasito de agua, o tapando sobre la espalda a algún chofer embrocado sobre el timón, o un carro empotrado en un poste luego de que el piloto perdiera el control tras haber sido atacado por sicarios en motocicleta. La vida valía poco o casi nada ya, igual se moría en la emergencia de un hospital público esperando ser atendido o en los cerros más olvidados, de indolencia o hambre. Eso no es un suicidio colectivo, se preguntaba el ánima de aquel que siempre refunfuñaba por todo esto. Flotaba ya un poco más alto, sobre la copa de los árboles, cada vez más lejos de sí mismo, cada vez más cerca de quien sabe qué.

Paradójicamente, viéndolo todo desde allá arriba, los colores eran más vivos, aunque no escuchaba nada, el silencio parecía era lo que le sostenía suspendido, abajo el perro ladraba, lo sabía porque veía el gesto del animal, el viento silbaba entre los encinos y los pinos, el movimiento de ramas y hojas lo atestiguaba. Imaginaba el ruido de los pájaros despertando porque les veía dejar las ramas más altas.

Estaré soñando se preguntó, será como aquel sueño recurrente donde huyendo de la lava corro y los ojos no me alcanzan para ver todo aquello, el mar que se acerca y las montañas. En ese sueño siempre se repetía la misma historia; como podía subía a su hijo a una tarima que flotaba, de un tirón subía también a la madre del pequeño. Entre fuego y agua, remando con las manos, llegaba a una saliente de tierra, ponía a salvo a su familia, su madre y su abuela (muerta hace mucho) lo esperaban. Mayor era su sorpresa cuando su padre (ya muerto también) subía a la tarima que él acababa de dejar, a dónde va papá, su padre estiro el brazo hasta terminar con el dedo índice señalando el fulgor de la lava, pero papá a qué va, allí están tus hermanos dijo el padre, no viejo, no hay nada, voy por ellos dijo, y desaparecía para siempre.

O aquel otro donde presenciaba la conversación de un Saraguate y una Guacamaya. ¿Señor Saraguate, ya resolvió cómo pasar al otro lado? Si doña Guacamaya, cuando pase el próximo cargamento de mariguana me cuelo en la lancha. ¿Y si lo agarran? Si me quedo de este lado igual me muero.

También había uno que lo atormentaba, sobre un pez ya sin agua que se había secado bajo el sol, un perro sarnoso y hambriento lo engullía completo: el perro moría apuñalado en las entrañas por el pez muerto.

Y el más inquietante, el de un hombre que se desnudaba en el umbral de su casa, temprano, apenas despuntaba el sol entre los cipreses viejos de una gran alameda. Su mujer salía a recibirlo y al verlo no entendía aquel cuadro. De lejos notaba que no estaba borracho. Qué explicación tenía aquel acto nudista en plena banqueta, miraba la mujer para todos lados, los vecinos ya salían a sus labores; una señora mayor que salió por el pan observó al hombre de pies a cabeza, moviendo la suya en señal de reprobación, y se fue mascullando palabras con su paso cansino.

Ya apenada, la esposa se acercaba a su marido, de golpe sintió un olor nauseabundo que se le metía hasta el centro mismo de la vida, echó para atrás y espetó al tipo que yacía en la entrada a pellejo pelado, y vos qué, de dónde venís, dónde te metiste; tráeme una bolsa para tirar toda la ropa, dejá que me bañe y luego te explico.

Aquel tipo se tallaba y tallaba, limpio ya estaba, pero el olor penetrante a muerte y descomposición se le habían quedado tatuados en la cabeza, seguía con el jabón y el pashte votando capas de dermis. Era bombero voluntario y la noche anterior le tocó acompañar a un asesino confeso custodiado por la policía, al lugar donde enterró a sus víctimas. Eran las nueve de la noche cuando llegaron a un lote sencillo con cerco de caña de milpa, llamaron a la puerta de lámina y salió una señora con mucha desconfianza, más al ver policía, que no es seña de nada bueno y menos a esas horas. Un agente explicó a la dueña del lugar la razón de su visita, ella explicó que no sabía nada que tenía tres meses de alquilar el lugar, tiempo exacto que había transcurrido desde el asesinato. A regañadientes permitió que entrara aquel desfile compuesto de policías, bomberos y asesino.

Caminaron hasta el fondo y dos manos unidas por grilletes se levantaron frente a sí, el dedo índice de la mano derecha señalo choyudamente el lugar, es ahí dijo con la boca hinchada el malhechor. Los policías voltearon hacía los bomberos, como diciendo –qué esperan, a trabajar-. En turnos fueron cavando los del casco rojo, un metro, dos, y al tercer metro sonó algo en el fondo, un sonido guango, luego empezó a salir olor a vida extinguida y entregada a la tierra completamente.

Ya la excavación fue con más cuidado, habían pasado tres horas, siguieron por los lados de donde habían descubierto el primer tope, poco a poco fueron apareciendo dedos de manos, torsos, pies, eran tres personas, una encima de la otra: llovía y la mezcla de lodo y jugos mortecinos hizo un coctel fétido que se pegaba en las paredes mismas del gusto.

Terminaron de batir lodo y muerte a las 4 de la mañana, a las 5 en punto estaba parado frente a su casa huyendo de la macabra realidad que forjó el hombre que mató a esas tres personas. Pero por qué, mientras aparecían los dedos de una niña, se preguntaba por qué, era la segunda niña que le tocaba ver sin vida, la anterior la llevo cargada todo el trayecto del lugar donde murió a la morgue, porque el Papá no quería entregarla, se aferraba a su pequeña de cuatro años babeando dolor, destrozado y llorando rabia, solo acepto entregarla si la llevaban cargada, como si estuviera dormida, con la cabecita apoyada en el hombro, como cargamos a nuestros hijos cuando se desploman de cansancio y nos toca llevarlos anidados en nuestro pecho hasta su cama. Así fue, aquel pequeño cuerpo, frío ya, reposaba en el pecho y el hombro derecho de aquel bombero, en su mente de padre pensaba que talvez si le practicaba respiración artificial, si masajeaba su pecho, volvería a vivir, a latir su corazoncito. Por qué se preguntaba mientras subían los cuerpos hechos piltrafa, hediondos, indignamente descompuestos.

Salió al fin de la ducha y se bañó nuevamente en menjurjes sanitarios, alcohol, desinfectante con olor, y finalmente, loción, una que no volvió a usar porque el olor le recordaba el olor a muerte.

Se sentó a la mesa, con su esposa y su hijo, los tres hacían cada quien su parte, él no pudo probar bocado, su hijo de cuatro años devoró su cereal y la esposa lo observaba callada. El niño dio las gracias, fue por su bolsón, les dio un beso y se fue. No se dio cuenta de que su padre lloraba, solo notó que le costó zafarse del abrazo de despedida.

Cuando quedaron solos, él conto a su mujer la historia de aquel asesino confeso que les señalo el lugar donde había enterrado a una familia entera y que le costó toda la noche desenterrar. No pudo responderse ni explicar el porqué. Desde aquel día que se desnudó en el portal de su casa, el olor de su hijo dormido, de su esposa tibiamente acurrucada a su lado y el de su casa al entrar, le devuelven la vida todos los días.

Definitivamente estoy soñando se dijo, y se dispuso a despertar.

III

Vinicio despertó abruptamente, gritando, el operador del dron TGP1 o “la chismosa 1” como preferían llamarlo en la unidad especial de vigilancia del Ministerio de Gobernación, había desarrollado una insufrible costumbre de mezclar las imágenes observadas durante su turno y con sus crisis existenciales. La nomenclatura TGP1 correspondía al nombre del proyecto conjunto Guatemala / Estados Unidos, “The Gossip Project” y el número del dron, 13 en total, distribuidos en todo el país, principalmente en puntos de la frontera sur mexicana y las fronteras con Honduras y El Salvador, el objetivo era vigilar tres actividades: narcotráfico, migración ilegal y delincuencia organizada. El último turno le tocó a Vinicio vigilar a un sospechoso de ser correo entre un prófugo muy importante y pieza clave en un caso de defraudación aduanera, la mayoría lo daba por muerto, pero el dron número uno lo había ubicado en uno de sus traslados por los vericuetos de las carreteras en el departamento de Sacatepéquez, hasta desembarcar descaradamente en un hotel de la Antigua Guatemala; el correo iba y venía dos veces por semana, su pantalla para entrar hasta la habitación donde se encontraba aquel pez “gordo”, era ir vestido de enfermero, anunciarse en la recepción como la persona que administraría el tratamiento al señor “Racún” nombre falso y en clave con el que estaba registrado la persona que ocupaba la habitación número 13. A los del hotel les sonaba a nombre en inglés, así que lo dieron por bueno.

El enfermero moreno y de pelo lacio fue seguido atentamente por Vinicio al salir del número 54 de la calle poniente, el vehículo color anaranjado facilitaba la labor del dron, además de la perfecta cuadrícula de la ciudad, salió hacia Santa Lucía, Milpas Altas, el recorrido era corto, veinte minutos y llegaba a una casa de seguridad, luego de salir de la Ruta Nacional a altura del parque ecológico Florencia, seguía por una carretera de terracería hasta llegar a una casa sencilla en medio de sembrados de milpa, cerca de “La Embaulada”. Detrás de la casa se subía hasta un bosquecito de pinos y cipreses, en un claro, yacía el cuerpo de aquel hombre moreno vestido de enfermero, no había sido un suicidio lo que observó Vinicio, pero mezclo la muerte del mensajero con sus propios deseos e inseguridades, al impostor de enfermero lo había matado una mujer menuda que sentada a su lado en un claro antes de llegar al pie del bosque, luego de hablar largo rato sacó un revólver calibre 22, se lo apoyó rápidamente en la sien al condenado y halo el gatillo, no fue la 9 milímetros de su sueño. Cien mil quetzales fueron el motivo…

Fuente: [http://sanatevergueador-dalekos.blogspot.mx/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Danilo Santos Salazar

Danilo Santos Salazar

Politólogo y pensador a contrapelo de la realidad nacional e internacional. Veinticuatro años de trabajo al lado de causas que buscan la transformación de las iniquidades en Guatemala.
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