The Gossip Project

LA ASESINA

Danilo Santos

IV

Vinicio congeló la imagen de aquella mujer disparando en la sien del falso enfermero, se quedó un rato observando, tratando de entender el porqué de la eliminación; reaccionó y siguió a la asesina hasta la casa de seguridad en el claro, la mujer caminaba tranquila, segura de estar sola en la propiedad, llegó hasta una galera fuera de la casa y frente a la pila empezó a quitarse la ropa. Se quedó en ropa interior y metió todo lo que llevaba puesto, hasta los zapatos, en una bolsa plástica negra para basura. Acto seguido, se desnudó por completo, Vinicio miró para todos lados, como queriendo encontrar autorización de alguien para ver a la mujer totalmente desnuda; en fin se dijo, acabo de ver un asesinato. La mujer tomó una palangana de la pila y empezó a dejar caer agua en su cabeza, su fino cabello rubio y lacio pareció desaparecer al mojarse, dejando ver su rostro perfectamente, principalmente sus grandes ojos verdes. Se echaba agua por todo el cuerpo, mucha, las aureolas de sus generosos pechos hicieron un relieve que elevaba sus pezones hasta terminar en dos ojivas rosadas y puntiagudas. Sacó de otra bolsa jabón y champú, se lavó el pelo y el cuerpo, frotó y frotó sus manos, cara y cuello. Finalmente quitó de su cuerpo todo rastro de lo sucedido momentos antes.

Se secó con una toalla diminuta, en este punto Vinicio solo podía pensar no en los detalles del asesinato, sino en los detalles de la asesina… Se vistió finalmente con otra ropa y calzado que guardaba debajo de la pila. La bolsa con la ropa y zapatos que había usado antes la tiró en una letrina cercana y salió caminando de la propiedad hasta llegar a la carretera, tomó una camioneta hacia la capital y pasando por San Lucas se durmió profundamente.

Vinicio dejó de vigilarla cuando se subió a la camioneta y se dispuso a hacer su informe. No se podía concentrar, acababa de ver a un hombre morir y no podía dejar de pensar en el cuerpo de la asesina, desnudo, mojado, joven. Recordaba que el vientre era firme, sus piernas no tenían estrías, tampoco su estómago, su rostro juvenil le hacía pensar que no pasaba de los veinticinco años, de los lunares que tenía por todo el cuerpo le llamó la atención uno al lado del ojo izquierdo y uno grande en el cuello que se asemejaba a un tatuaje. Se reprochó a sí mismo su perversión y siguió escribiendo el documento que acompañaría las imágenes que enviaría para análisis.

Terminó al fin, firmó y selló el dichoso informe, lo subió a la nube “basecamp” de donde los jefes bajaban la información y se dispuso a terminar su turno. Llegó el nuevo operador, entregó a la “chismosa 1” y salió de la oficina del ala sur en el Palacio del Ministerio de Gobernación. Se encaminó a la escalera de caracoll que solo el equipo de drones y Ministro utilizaban, y cuando iba bajando se topó de frente con aquel lunar al lado del ojo izquierdo de la mujer que observó desnuda con su dron, la escena duró apenas un segundo, pero a Vinicio le pareció interminable, abrió los ojos y le preguntaba quién era, por qué había hecho aquello, por qué estaba en esa escalera, para quién trabajaba. La mujer sonrió con picardía y siguió su camino sin responder a las preguntas que Vinicio hacía con la mirada. Sin saber cómo, al fin estaba en la salida de la séptima avenida y ahora era definitivo, no se podía sacar de la cabeza a aquella mujer joven que había asesinado a alguien frente a sus ojos y que ahora se dirigía al despacho superior del Ministerio de Gobernación.

V

Vinicio caminaba por la sexta mientras empezaba a caer la noche en el centro de la ciudad, tenía ganas de una cerveza, o varias, llegó caminando hasta el Portal del Comercio y entró al Portalito, pidió una chibola de cerveza clara y con los ojos cerrados dio un primer sorbo largo y grande. El de la barra le hablaba mientras le llevaba consomé y ensalada de papas con mayonesa, Vinicio daba las gracias en automático, sentía que el barullo del lugar lo absorbía hasta dejarlo sin la capacidad de escuchar o sumar ningún ruido.

Luego de 5 chibolas de cerveza estaba listo para irse a casa, el día siguiente descansaba. Salió del Portal del Comercio por la séptima calle y después de quitar el seguro a su glock, caminó hasta la cuarta avenida a esperar un taxi. No le gustaba manejar carro, decía que eran ataúdes con ruedas, y que manejar un vehículo era facilitarle el trabajo a los sicarios porque no se podía responder con rapidez a un ataque.

A las diez en punto, cinco minutos después de estar parado en la esquina de la séptima calle y cuarta avenida, paró un taxi; a la Comunidad le dijo, zona diez de Mixco. Subió y los coritos retumbaban en el pequeño Kia Picanto. Vinicio le pidió amablemente al conductor que le bajara volumen a sus coritos, a lo que el chofer contestó con una prédica sobre el licor, la noche y la vida mundana de los hombres. Le decía a Vinicio que a esa hora él ponía los coritos para estar en gracia y que no le pasara nada, que si le bajaba volumen los pasajeros no podían sentir la presencia de Dios y era cuando pasaban cosas; se han subido quienes venían a asaltarme directamente, pero al escuchar las alabanzas Satanás se ha acobardado.

Vinicio no sabía si sacarle la pistola y amenazarlo, decirle que era policía o simplemente estirar la mano y bajarle él el volumen a la gritadera. Optó por ponerse al Buky en su celular y conectar los audífonos. La ciudad pasaba a su lado con rapidez, el taxista dobló hacia la avenida Elena y luego buscó el Cementerio General, Vinicio recordaba las veces que había hecho vigilancia con su dron en el cementerio para identificar amigos y familiares de narcos asesinados; pasaron por la Plaza Mariachis y se encaminaron hacia El Trébol. Cuando pasaba frente al Mercado El Guarda sonó su teléfono, lo llamaba su jefe, apague esa mierda le gritó al taxista, el chofer no hizo caso y Vinicio montó en cólera, sacó su pistola y se la puso en la cabeza; va a apagar esa mierda o no. Se hizo el silencio dentro del taxi y Vinicio contestó la llamada, no le dio tiempo de hablar siquiera, preséntese inmediatamente en la base le ordenó su jefe. El taxista estaba muerto de miedo, Vinicio pidió disculpas y le dijo que se metiera por la calzada Mateo Flores de vuelta, que subiera por el periférico y lo llevará al parque Concordia. Al llegar al parque y después de pagar, Vinicio le soltó al taxista: ya ve cómo sin coritos no le pasó nada, y con sorna le dio las buenas noches y un “bendiciones”.

Fuente: [http://sanatevergueador-dalekos.blogspot.mx]

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Danilo Santos Salazar

Danilo Santos Salazar

Politólogo y pensador a contrapelo de la realidad nacional e internacional. Veinticuatro años de trabajo al lado de causas que buscan la transformación de las iniquidades en Guatemala.
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