Los hilos de la pelota: una historia cubana de béisbol

César Abraham Navarrete Vázquez

Notas del autor. En la mitología griega, la Moira era la personificación del destino. Homero y Píndaro aluden a ella como una sola diosa mientras que Hesíodo refiere que es más de una. Posteriormente, su número se fijó en tres: Cloto hilaba la hebra de la vida con una rueca y un huso; Láquesis medía con su vara la longitud del hilo vital; y Átropos, era la encargada de cortarlo, decidiendo la forma en que moriría cada ser humano.

El núcleo de la pelota de beisbol se constituye por corcho y caucho. A su alrededor se enrollan varias capas de hilo. Su superficie consta de dos cubiertas de piel en forma de 8 —o del símbolo del infinito, si se acuesta: ∞—; cada una tiene 108 perforaciones. La costura se hace con un hilo rojo de nylon o de poliéster.

Supongo que la Moira desenredó inicialmente la madeja de esta historia de historias durante aquellas mañanas en el Club Campestre Monte Sur. Allí, coincidía con el sexagenario Marco en los vestidores. Nuestras pláticas —en la banca de cemento frente a los casilleros y en el vapor— lo mismo trataban sobre la existencia, la cultura o incluso el deporte. Si bien nos encontrábamos ocasionalmente, cultivamos una amistad entrañable.

Marco es fiel seguidor del béisbol. A mí el juego me resulta ajeno, salvo por algunas anécdotas.

Surgió el tema: —¿Cuál es el mejor jugador que ha visto? —formulé. Su contestación fue inmediata: —Luis Tiant. El nombre no me significó nada; sin embargo, la deidad hila y entreteje las vidas humanas cual hebras.

En 2010 —año nefasto de mi biografía— volé a Cuba. Lo hice en mayo, acaso el peor mes para dirigirse al Caribe: ¡el calor es infernal! Recorrí buena parte del país por carretera en un autobús de fabricación china. El transporte se averió cerca de Guáimaro, provincia de Camagüey, donde se realizó la Asamblea Constituyente de la República en Armas el 10 de abril de 1869, y cuyas resoluciones más importantes fueron la promulgación de la primera Constitución cubana y la adopción de la bandera y el himno actuales.

Más adelante, cerca de Santiago, en el interior de la Basílica de la Virgen de La Caridad del Cobre, la devoción de los atletas cubanos se exhibía en vitrinas llenas de camisetas, balones, pelotas, medallas, trofeos… Destacaba la «franela» —jerga beisbolera por uniforme— de la selección con la firma de los integrantes.

En las ciudades de provincia, los parques —estadios— sobresalían por su dimensiones. Sin embargo, en La Habana la popularidad de la pelota se me reveló en todo su esplendor tanto por los Leones de Industriales como por «La esquina caliente»; punto en el Parque Central donde los fanáticos de diversas generaciones se congregan para hablar y discutir acaloradamente —¿acaso se puede de otro modo?— sobre «la dura».

Decidí acercarme para indagar quién era el mejor pelotero cubano. Mencioné a Luis Tiant. Nadie lo seleccionó. Identifiqué sendas posturas: los más jóvenes no sabían quién era; los más viejos no lo recordaban o no querían hacerlo, acaso por considerarlo como traidor de la Revolución.

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La causalidad es inquieta. En ocasiones, para no aburrirse, invierte algunas de sus letras  y se cambia el nombre: casualidad. Un viaje posterior me llevó a Europa. Así entablé amistad con un matrimonio mexicano un poco más joven que el de mis padres. La pareja habitaba en la Ciudad de México, en la zona de Satélite. Me desempeñé como su guía e intérprete en París, Berlín y Venecia.

¡Roberto y Magdalena estaban emparentados con Luis —así se referían a él—, ídolo de los Red Sox (Medias Rojas de Boston)! Si la memoria no me traiciona, una familiar o conocida suya se casó con él.

Tiant jugó para los Tigres Capitalinos —hoy de Quintana Roo, y otrora principales rivales de los Diablos Rojos del México— entre las décadas de los cincuenta y sesenta. En 1961, fecha de la invasión de Bahía de Cochinos, recibió una carta de su padre. Lo conminaba a no regresar. Por disposición gubernamental, el profesionalismo deportivo había acabado.

Les insinué que sería fabuloso conseguir una pelota firmada para obsequiársela a Marco, y me la prometieron. Infortunadamente perdí el contacto. A decir verdad, sería más fácil reencontrarme con ellos en alguna otra parte del mundo que en esta monstruosa ciudad.

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Una tarde de 2015, acostado sobre la cama, cual marioneta tomé el control remoto del televisor. Pasé varios canales y reparé en el Sundance Channel, frecuencia nunca sintonizada por mí. Se transmitía el desgarrador documental dirigido en 2009 por Jonathan Hock bajo el título de The Lost Son of Havana (El hijo perdido de La Habana), dedicado a Luis Clemente Tiant Vega.

Al disiparse el humo del cigarro, compañero inseparable del antiguo ligamayorista de bigote en forma de herradura, asoman las lágrimas de quien regresa a la isla, después de 46 años en el exilio, reconstruyendo los pasos propios hasta encontrarse con su familia.

Su progenitor, Luis Eleuterio Tiant, fue un gran «serpentinero» zurdo de los Cubanos de Nueva York en la Liga Negra. A pesar de su talento, nunca alcanzó la Gran carpa debido a la segregación racial. Jackie Robinson rompió esa barrera el 15 de abril de 1947.

Tiant hijo estuvo tres años en la Liga Mexicana. Posteriormente llegó a Estados Unidos y participó de las ligas de desarrollo para finalmente debutar con los Indios de Cleveland en 1964.

Más de una década después, Edward Brooke, representante de Massachusetts le escribió una carta a Fidel Castro. En ella le solicitaba la salida de los padres de Tiant para verlo lanzar. En mayo de 1975, otro senador, George McGovern, aterrizó en Cuba. Portaba consigo dicha misiva, la cual entregó personalmente. Castro había llegado tarde a la reunión; asistió al béisbol. Estaba triste porque Oriente —su equipo— había perdido. Como aficionado sabía de la dinastía de los Tiant. Después de leer el documento escrupulosamente, el mandatario advirtió: —«Déjeme ver qué puedo hacer». A la mañana siguiente, respondió así: —«No sólo tienen permiso para un juego, sino que pueden quedarse en los Estados Unidos cuanto quieran». Se tramitaron sendas visas especiales. Isabel y Luis nunca volvieron.

Aquel año, los Medias Rojas enfrentaron a los Rojos de Cincinnati en el Clásico de Otoño. Tiant, el lanzador que, sobre el montículo, solía darle la espalda completamente al desconcertado bateador antes de voltear brevemente al cielo, experimentó en carne propia la «Maldición del Bambino» —su padre había derrotado al combinado de estrellas de Babe Ruth en 1927: Boston cayó por cuatro partidos a tres.

La maldición surgió cuando Harry Frazee, propietario de Boston y productor teatral, vendió al mítico Ruth a los Yanquis de Nueva York. Los neoyorquinos no habían ganado ningún campeonato; con Ruth consiguieron cuatro de los veintisiete que cimentaron su fama como una de las franquicias más dominantes en el deporte profesional. Mientras tanto, los Medias Rojas tuvieron que esperar 86 años para triunfar nuevamente en la Serie Mundial.

Tras diecinueve temporadas, El Tiante se convirtió en el abridor con más victorias en las Ligas Mayores.

*

Sigo con la mirada el lanzamiento en cámara lenta de la pelota; en realidad es un ovillo deshilvanándose en su trayecto hacia mí. Ya no concurro al deportivo y desconozco si la caprichosa Hilandera permitirá mi reencuentro con Marco para entregarle el hilo narrativo de esta crónica confeccionada por el Destino y el Tiempo.

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