El samoyedo y la boa

Miguel Saúl Gómez Mejía

–¡Sebastián!, ¡Sebastián! –gritó muy asustado don Efraín desde el trasfondo del patio, después de oír los ladridos desesperados e insistentes de Sultán, el perro de su nieto más pequeño, al que habían dejado encerrado en uno de los cuartos de la casona. Sebastián era la mascota de casa: una boa enorme y descomunal.

Los padres del pequeño Julio Romeo palidecieron como una hoja de papel. La señora, ya con la vista nublada, iba a desfallecer, pero el esposo, con una sacudida por los hombros, la volvió a la vida.

–¡Vamos pronto! –le dijo con una voz que casi le desgarra la garganta.

******************************************************************

Desde el día anterior habían llegado de diferentes lugares a su finca El Plantar, en las faldas de la sierra del Ixcán, Quiché. Estaban reunidos casi la totalidad de sus 28 hijos con sus respectivos cónyuges y descendientes, parecía un alboroto de feria.

El gran caserón que los albergaba con su anchuroso corredor, daba al frente del patio residencial de la hacienda, sombreado por un hermoso almendro a un costado, que se sacudía las últimas gotas de rocío de la madrugada. El trinar de los pájaros, saltando entre las ramas y el follaje de los árboles, daba una sinfonía de bienvenida a toda la familia.

Clareaba ya. La mañana con su cielo despejado y azul de donde pendía radiante el sol, le daba una tibieza agradable al vientecillo que soplaba del norte. A lo lejos, sobre la frondosidad de la selva, una bandada de pericas escandalosas pasó alaraqueando por el aire.

Al fondo un trapiche con su yunta de bueyes, dando vueltas y más vueltas, traqueteaba estrujando la caña de azúcar extrayéndole su néctar. Un gran perol asentado sobre el fogón, con el trasero tiznado, esperaba burbujeando darle el punto a la miel para hacer la melcocha. Era un deleite, casi ceremonial, con el que la gran familia iniciaba la celebración del natalicio del gran padre. Pero nadie sospechó que ese día sería la causa que dio lugar al accidente que fue de consecuencias irreparables.

******************************************************************

Don Efraín, en la sexta década de su existencia, aún conservaba bastante de la vitalidad de sus años mozos. Su tez blanca lucía un bigotón negro y espeso, que remataba en puntas levantadas como cuernos de búfalo. De talla mediana, pero de complexión muy fuerte; sus hijos decían que era de roble, a prueba de hacha.

Vestía siempre con la indumentaria sobria del campo, con sus botas de cuero y su sombrero de petate. Poseía un carácter recio. Sus decisiones no admitían discusión, pero era un hombre bondadoso y justo, con un profundo amor por la vida, por eso era muy querido por sus familiares, amigos y allegados.

Hacía ya varios años que, mientras se resguardaba del sol bajo la sombra de un frondoso encino, le llamó la atención un cordoncito negro que se desplazaba ondulante haciendo ruido entre la hojarasca. Al momento reconoció a la cría de la boa: el gran ofidio constrictor de la selva. No era venenosa, pero mataba a sus víctimas por sofocación, estrangulándoles el cuerpo al enrollarse en ellas, engulléndolas después con toda tranquilidad entre sus fauces monstruosamente elásticas y luego entraba en un período de largo reposo haciendo la digestión.

Un escalofrío destemplado le recorrió por toda la columna vertebral, sólo de pensar en ese sufrimiento atroz antes de perder la vida…, pero sintió lástima de la culebrita al verla tan desamparada e indefensa: se consternó. Seguramente se había extraviado del nido materno y faltaba muy poco para que terminara sus días en las garras de un hambriento gavilán. La recogió tomándola por la cabeza, con su mano derecha, entre su índice y el pulgar, se le enrolló entre los dedos y así se la llevó para su casa.

Al principio cupo en una canasta. La alimentaba con insectos y bichos que pescaba en el camino al regresar de sus jornadas de trabajo. Luego, con el tiempo, creció y el cesto ya no fue suficiente para contenerla, pero le llamó la atención que a pesar de que ya podría escaparse, no lo hacía. Ya pasaba del metro y medio. La sacó y probó dejarla suelta en el patio para que se fuera…, pero tampoco se fue; más bien se regresaba y parecía que lo seguía en todos sus movimientos. La única alternativa para deshacerse de ella era llevarla muy lejos, entre el monte, para que se perdiera, pero de nuevo le tuvo lástima: aceptó que ya se había encariñado con la serpiente y la dejó libre en su casa. Como buen conocedor de la fauna de la región, observó que pertenecía al sexo masculino y le puso nombre: Sebastián.

Creció, creció y creció: casi los dos metros y medio. Mantenía limpia la casa de roedores, lagartijas y demás alimañas que fastidian la vida tranquila del campo y dio cuenta hasta de los tacuacines que mermaban las aves del gallinero.

Ya todos los habitantes de la casa se habían acostumbrado a ella, pero de todos modos, tan sólo su presencia infundía un respeto tenebroso al ver ese enorme cilindro negruzco parchado de manchas amarillentas, que se aparecía de repente donde menos se le esperaba: ya enrollada en los horcones de la cocina, en la baranda de alguna de las camas o bien deslizándose sobre las vigas de los dormitorios o de la sala. A veces también se desaparecía por largas temporadas, pero regresaba, eso sí, asustando siempre a alguien.

******************************************************************

El dulce olor del néctar de caña se esparcía delicioso en el ambiente de la gran casa. El grupo permanecía intranquilo en el corredor por la tardanza en el punto de la miel. Los distraía, mientras tanto, la novedad del pariente más pequeño, Julio Romeo, de apenas diez meses y que sin inhibiciones se reía y les tiraba los brazos a todos. Era un bebé bien dado y vivaz, de piel tersa y clara, con bucles de azabache y bien pestañeados ojos morunos: era el puro retrato del abuelo. Sólo Sultán, su perro, que desde luego lo había acompañado en el viaje, lo vigilaba desde una esquina, con sus orejas levantadas. Le seguía todos los movimientos a su pequeño amo.

******************************************************************

Casi desde que nació, Edmundo, su padre, llevó a su casa en la capital un samoyedo blanco como la nieve ya un poco crecido, pero todavía un cachorro juguetón. Quería para su primogénito un perro guardián y fiel compañero.

Él también había tenido uno en su tierra natal, pero claro, no de tanto linaje. Fue un “mayan–terrie”, nacido en el pueblo donde creció: ¡cómo lo recordaba!, disfrutó tanto de su compañía, siempre se sintió tan seguro cuando andaba con él; pero en una campaña de Salud Pública le dieron “bocado”. Así le dijeron cuando regresó a su casa en las vacaciones de la secundaria. Se encaminó al fondo del traspatio, allí estaba la cruz solitaria… Un vientecillo helado hizo remolinos en la hojarasca. La tarde se desvanecía en el horizonte con un celaje melancólico. Se le empañó la vista y dos gotas de rocío cristalino recorrieron sus mejillas de adolescente. ¡No quiso tener ya otro…, nunca más!

Pero ahora sería diferente, al samoyedo que en pocos meses se convirtió en un hermoso ejemplar, no le pasaría algo tan lastimoso…, ¡nunca!

******************************************************************

–¡Ya “estuvió” la miel! –gritó desde lejos un indiecito con indumentaria típica, que de tan pequeño y delgado casi no se miraba.

Fue una sola estampida de toda la muchachada hasta el lugar del cocimiento. Nadie se quedó en la casa. Al pequeño Julio Romeo, que por toda la algarabía se cansó, se le adelantó el sueño de la mañana. Lo dejaron dormido en su carruaje en el dormitorio principal con la puerta bien asegurada. Ninguno se acordó de la serpiente constrictora, que no se la había visto en varios días y que para entonces ya parecía un monstruo aberrante: tres metros.

El samoyedo, sin que nadie se diera cuenta debido al alboroto, se colocó por la puerta del cuarto antes de que la cerraran. Fue el único que, sin orden requerida, se quedó a la par del carruaje del benjamín de la prole.

Ya hacía un buen rato que la gran tribu alborozada degustaba con verdadero placer el dulce manjar. Se comenzaba a sentir el calentamiento del sol. Edmundo disfrutaba, junto a su esposa Gloria y su padre, su porción de miel, en una paila de barro con verdadero deleite, usando como cuchara una cáscara de caña. Él era ingeniero agrónomo y platicaban sobre cómo se podía mejorar la producción de la finca.

Cuando, de pronto, algo inesperado sucedió: don Efraín al oír los ladridos repentinos, tan fuertes e insistentes de Sultán, lanzó el grito que de momento dejó paralizada de espanto a toda la familia.

–¡Sebastián!, ¡Sebastián!, ¡la boa! –gritó insistente a toda voz. El can ladraba y ladraba cada vez con más fuerza, como si presintiera la inminencia maligna de algún peligro, o de la misma muerte.

No estaban lejos, pero en el afán impaciente de acortar la distancia con la velocidad del rayo, les pareció que aquel recorrido eran kilómetros interminables. Todos corrían agitados y con angustia, topando unos con otros.

–¡Julito!, ¡Julito!, ¡hijo mío! –decía Gloria con voz ahogada, sentía parte de culpa por haberlo dejado solo.

No lograban llegar a la casa por más que corrían.

Sultán dejó de ladrar; sólo se escuchaban sus terribles gruñidos, como si forcejeaba con algo. Los ruidos dentro del cuarto eran de escándalo. Muebles, lámparas, libros, cristalería y todo se oía que rodaba por el piso, estrellándose contra la pared o contra la puerta misma con estrépito de cataclismo.

Llegaron por fin, Edmundo iba adelante y se precipitó sobre el manubrio de la puerta, pero no pudo abrirla: estaba atorada. Los gruñidos del samoyedo fueron mermando paulatinamente en una respiración estertórea, cada vez menos audible.

–¡Por Dios! –exclamó la madre, casi no se le oyó entre la gritería del tumulto. Sintió que la presión se le venía al suelo y se iba a desmayar de nuevo, pero se resistió aferrándose a la espalda del esposo, haciendo un gran esfuerzo.

Adentro dejaron de escucharse los ruidos, afuera Edmundo seguía forcejeando con el manubrio de la chapa, que no cedía por más que la ajetreaba, y la tensión aumentaba cada segundo. Pensó en derribar la puerta, pero era demasiada sólida. Gloria quiso decir algo, mas sólo meneó los labios, la voz se le fue, ya no soportaba más.

Imaginaron lo peor… Ni siquiera se escuchaba que el niño llorara. Lo supusieron inconsciente o muerto o, peor aún, que el ofidio ya se lo hubiera tragado… Edmundo volteó la cabeza en busca de la presencia de su padre.

–¡Papá!, ¡papá!, ¡auxilio!

Don Efraín ahí estaba, lo que sucedía era que no lo dejaban avanzar entre el montón. Llegó y abrió con facilidad: no estaba atorada, era cuestión de caula. Traspasaron la puerta decididos a encontrar lo que fuera. Al entrar vieron con espanto a la enorme serpiente, aún con vida, dar el coletazo enroscada en el cuerpo de Sultán: lo había matado por sofocamiento, pero el samoyedo la tenía trincada por el cuello entre los colmillos de sus poderosas mandíbulas, de donde manaba un líquido purpúreo–negruzco. Él también la había matado por estrangulación.

El niño, como algo insólito, seguía dormido profundamente en su carruaje: estaba en una esquina hasta el fondo del cuarto.

Pudo ser que en el forcejeo de los contendientes, haya ido a parar hasta allí, pero también era probable que su fiel guardián lo hubiera apartado del campo de batalla, alejándolo hasta donde pudo, antes del enfrentamiento y la pelea: nadie lo supo.

P.D.
Esta narrativa fue verídica, la dedico a mi culto amigo Fernando Gordillo, uno de los hijos de don Efraín.

 

*  Cuento tomado del libro Meditación de otoño, Guatemala 2012, Miguel Saúl Gómez Mejía.