El Fantasma de la Casa Grande

Miguel Saúl Gómez Mejía

Este cuento obtuvo Primera Mención Honorífica en los XXV Juegos Florales de Amatitlán, Casa de la Cultura “Domingo Estrada”, Municipalidad de Amatitlán, en 1994.

 

Chiclín, chiclín, chiclín, tlac, tlac, tlac…
Chiclín, chiclín, tlac, tlac, tlac…
Chiclín, chiclín…

–¡Oí, oí, Juan!…

Chiclín, chiclín, chiclín, tlac, tlac…

–¡Sí, oigo!…

–¡Vení!

–¡No!

–¡Quedate!

–¿Quihoras son, vos?

–Las doce, digo…

Y sonó lejana y tétrica la campana del reloj de la catedral, anunciando las doce de la noche. El viento serpenteaba por los corredores, pasillos y pasadizos de la Casa Grande de la once avenida de la zona uno de la capital, haciendo murmullo como maullido de gato lastimado. Se detenía por momentos y se oía algo como una respiración estertorosa, volvía de nuevo y se arremolinaba en los rincones recogiendo la viruta y el aserrín dejados sobre el piso durante la tarde del primer día de trabajo.

Así recordaba Pedro aquella noche interminable como guardián de la Casa Grande, y allí estaba ahora de pie en el Cementerio General, haciendo guardia frente al foso donde sería enterrado el muerto: no concebía cómo se había salvado de convertirse en un alma en pena.

–Padre nuestro que estás en los cielos –decía el sacerdote en la misa fúnebre–, santificado sea tu nombre, recibe en tu seno el alma de este niño cuyos restos hoy venimos a devolver al polvo de donde vino. Lamentamos que no haya podido servirte en vida, pues al no más nacer se le privó de ella…

–¿Y el nombre? –preguntó un curioso que no se movía del lado del cura.

–¡Ah!, sí –dijo. Se dirigió al sacristán y le ordenó que consultara el almanaque, que siempre lo llevaba consigo por aquello de las emergencias como esta. Buscó la fecha con alguna dificultad por su alfabetización parcial…, por fin la encontró:

–Año de 1947, veintiuno de julio, día de San Aquiliano…

–Pero se le está enterrando, no está naciendo –objetó el curioso.

–¡No importa! –respondió el padre un poco molesto–, la cosa es que lleve nombre.

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–Buenos días don Francisco.

–Buenos días don Jorge.

Estaban en la oficina frente al abogado, quien había dado por sentada la herencia de un inmueble a favor de don Jorge. Le había sido concedida por unos ascendientes un poco lejanos que al parecer tuvieron serios problemas con el mismo; ambos firmaron un documento: uno el derecho de propiedad y el otro el compromiso de reconstrucción.

Nadie había podido ocupar la Casa Grande durante tres décadas consecutivas, pues las veces que se trató de alquilar, los ocupantes salían despavoridos al poco tiempo, aduciendo que los habían espantado. Desde ese entonces nadie pasó enfrente por la banqueta y menos aún de noche, por el temor de quedarse prendidos en algún maleficio, pues se habían oído en su interior ruidos de cadenas, pasos y hasta quejidos: con el tiempo se le conoció como la “Casa del Fantasma”.

Los hechos estaban sucediendo un poco antes de terminar la mitad del siglo XX. La revolución triunfante del país hizo que, con la confiabilidad que daba el nuevo gobierno, mucha gente realizara inversiones importantes.

La tarea de la reconstrucción parecía complicada, pues además de lo que se decía de la casa, el terremoto y la falta de mantenimiento habían dado cuenta de paredes, vigas, techo, puertas, piso, piletas y lo que debió ser en otros tiempo objeto de mucho atractivo, pues a pesar de los daños se advertía el buen gusto y el diseño esmerado de su estructura.

Se encaminaron a pie desde la oficina del abogado en la novena calle, hasta el inmueble en la once avenida. En el camino platicaron sobre los convenientes e inconvenientes de hacerle frente a tal empresa, pero don Jorge tenía mucha confianza en su constructor, pues además de su capacidad, lo había conocido tiempo atrás en sus años mozos y en las aventuras que salvaron juntos, siempre demostró mucha tenacidad, que era también lo que se necesitaba en esta ocasión.

Se detuvieron frente a la casa. Un letrero descolorido sobre una tabla remachada en el portón con un clavo oxidado que el martillo dobló, decía: “Prohibido el paso”. El rótulo no era necesario, pues ni los perros ni los gatos se atrevían a entrar; el portón rajado, despintado y descascarado daba mala impresión. Don Jorge tuvo el impulso de llamar a la puerta, haciendo honor al aldabón de argolla que aún colgaba a duras penas de una cara grotesca de león rugiente. Recordó que parte de su infancia había transcurrido en aquella casona, pero nunca supo por qué, ni tampoco le contaron la razón por la que, en forma abrupta, su familia tuvo que abandonarla. Esta vez estaba resuelto, con ayuda de su constructor, a quedarse con ella.

Lo primero y lo más difícil, para comenzar, sería conseguir un guardián, pues aunque no se conociera la historia del inmueble, sólo con verlo desde fuera y no digamos por dentro, daba una desconfianza macabra.

–De eso me encargo yo –dijo don Francisco, pensando en Amatitlán, de donde era vecino. Allí estaba Pedro, oriundo del pueblo, un moreno greñudo de corta estatura y de pocas palabras. No fue fácil convencerlo, pero al fin aceptó con la condición de que lo acompañara su hermano Juan.

–De acuerdo –aprobó don Francisco–, entonces yo me adelantaré y los espero en la estación de las camionetas.

Pedro y Juan, debido a la extrema pobreza de su familia, habían sido recogidos a muy temprana edad en la casa de don Francisco, quien los hizo hombres y, sobre todo, lo que más captaron de su protector fue el sentido de lealtad.

Los hermanos se miraron las caras, ambas con desconsuelo, pero había que ganar algún dinero, pues la cosecha del maíz y del frijol se malogró por un invierno escuálido. Además, era obligatorio ayudar en sus apuros a quien tanto estimaban y tenían que agradecer.

Colocaron sus mudadas, tujas y demás utensilios de supervivencia en cajas de cartón, las amarraron con una pita haciendo por encima una gasa para llevarlas con más comodidad. Arrodillados, fueron santiguados por su madre dándoles su bendición.

–Hacelo bien, por si las moscas –dijo la abuela, sentada en su sillón de cuero de vaca, haciéndose sombra en el cobertizo del rancho.

Pasando el mediodía se despidieron y partieron rumbo a la capital. Los retrasó la camioneta, que avanzaba a vuelta de rueda por el exceso de pasajeros, y que los detuvieron en la garita de la Policía –una caseta a un costado de un arco al estilo romano hecho de piedra en los tiempos de Ubico, montado sobre la carretera al pie del Filón, único camino asfaltado que conducía a la gran ciudad–. Costó un triunfo convencer al agente de que aceptara la mordida que colectaron entre todos los pasajeros, que no quisieron apearse ni moverse de donde se encontraban sentados. Hasta que por fin soltaron la camioneta y enfiló la cuesta.

Don Francisco aguardaba en la parada, como habían quedado, y al bajar los dos hermanos, se quejó primero Pedro:

–Traigo los brazos molidos, pues me vine haciendo una sola dominada entre dos sillones para no tipachar a una señora con dos muchachitos que casi me dejan sordo por los chillidos. Ha de haber sido por el inaguantable calor que nos ahogaba a todos.

–Eso no es nada –adujo Juan–, ¡mirame! Estaba empapado de camisa y pantalón.

–Y ¿qué te pasó?

–Pues casi nada, me orinó un ishcuaco que no logró que lo oyera el chofer para que parara y hacer su bish donde debía.

Entre estas y otras pasadas que contaron, se fueron alejando de la estación. Pasaron por don Jorge, que esperaba ya inquieto por la tardanza en la oficina del abogado, y se encaminaron luego los cuatro hacia su destino, que sería el reto más sonado de la temporada.

Llegaron al lugar, se detuvieron al frente durante algunos minutos y, los que serían los guardianes, recorrieron la fachada de la casa con una mirada exploradora, de abajo hasta arriba y de extremo a extremo. Miraron el portón todo resquebrajado, medio podrido y descolorido. Les pareció que tenía la apariencia de una tapadera antigua de caja de muerto. En lo que quedaba del ornamento de la cornisa, en la parte más alta de las paredes, se adivinaban altos relieves al estilo colonial, una combinación de margaritas con hojas de parra y cordones que se mecían sobre cabezales de pilastras rajadas y por desprenderse. Los balcones de hierro, retorcidos y oxidados de tanto llevar sol, estaban ya casi en el aire.

Don Francisco rompió el silencio:

–Adelante –dijo.

Don Jorge se sobresaltó un poco, se apresuró y sacó de sus bolsillos una llave negra, grandota y pesada, que bien podía servir como arma contundente de autodefensa: la introdujo en la chapa y no se sabía si forcejeaba o peleaba con ella…, por fin logró que cediera, le dio las dos vueltas correspondientes, pero la puerta no se abrió. Retiró la llave con toda facilidad: se había quebrado. La única alternativa era trepar por las paredes, altas y resbalosas por el musgo y el moho que rellenaban las grietas. De nuevo Pedro y Juan miraron a lo alto, vieron dos lagartijas que jugueteaban sobre el monte peludo en el borde de la pared, saludando a los últimos rayos del sol que se estaba despidiendo en el ocaso.

Los vecinos del barrio y la muchedumbre que procedía del parque Colón en su tarde de descanso se hicieron presentes y ofrecieron su colaboración. Los primeros se mostraron complacientes, pues al fin se penetraría en la Casa Grande, de la que se hacían múltiples especulaciones sobre la razón de por qué se habían escuchado en su interior extraños ruidos como de cadenas arrastrándose, pasos y gemidos. Hasta se le acusaba de haber desaparecido a parejas de enamorados que, ignorantes de los misterios de la casa, por su embrujo, se arrejuntaron. Nadie supo exactamente cómo sucedía el encantamiento, pero lo cierto era que desaparecían y con el tiempo volvían a aparecer con un par de patojos diciendo que eran hijos de las circunstancias y del amor.

Fue tal el alboroto frente a la casa, que no tardaron en hacerse presentes las ventas de confites en azafates de madera al cinturón, azafates de pedestal con chupetes de todos colores, barquillos de turrón, botellitas de miel, caramelos con su palo de astilla de bambú, melcochas de panela, colochos de guayaba y otras más.

Había transcurrido buena parte de la tarde, hasta que decidieron, con la gente joven del grupo, a falta de escalera, hacer pirámide de pies sobre hombros hasta llegar al borde libre de la pared. La hicieron y por supuesto que el último de la columna de cuatro era Pedro, quien no vaciló en aferrarse con firmeza al tapial, pues la columna humana tambaleante, amenazaba entre balanceos que se desplomaría. Y así fue, Pedro en la última oportunidad que tuvo, antes de venirse al suelo, se agarró de la protuberancia más próxima, con tan mala suerte que, en su intento, empujó con los pies a los restantes y vaya susto que se llevaron, pues el segundo de los acróbatas improvisados fue a caer con toda su masa corporal sobre la manta de fruta que se había acomodado a un costado. Volaron, suelo abajo, naranjas, mangos, jocotes, bananos, con todo y sus cajones.

Ante el incidente, el propietario encolerizado, arremetió amenazante en contra del caído con un gran garrote en la mano, pero al primer intento del golpe, la víctima lo esquivó y fue a dar a la frente de un tranquilo transeúnte que, acompañado de su esposa, observaba los acontecimientos. Esto le valió al infortunado mercader, que no lograba controlarse, una atracada de pescuezo de uno de los vecinos. Y al tratar de liberarse le dio una patada en la espinilla a otro que pasaba y éste, confundido por el alboroto, lanzó con toda su fuerza una trompada a la mejilla del primero que vio parado, sin darse cuenta de que era de la policía, que ya se habían hecho presentes para controlar la amontonadera, pero que al no poder con la trifulca que se había armado, optaron solamente por calmar los ánimos de los infractores.

Así transcurrió el tiempo hasta las seis de la tarde, hora en que Pedro aún trataba de descender por la pared hasta el interior de la Casa Grande. No hallaba cómo, pero por fin dio con una escalera de metal prendida a lo que fuera un tanque para abastecimiento de agua. El descenso se le dificultó de todos modos, pues algunos peldaños estaban quebrados y otros por quebrarse. Quedó colgando varias veces buscando con la punta de los pies dónde apoyarse y decidió que lo mejor sería la vía rápida: tirarse. Sus habilidades de gato de pueblo no lo ayudaron para el desafortunado aterrizaje, que no fue precisamente de pie sino que dio en el suelo con las sentaderas. Renegó, desempolvándose el trasero con las palmas de las manos y casi sin pensar se encaminó por el pasadizo que creyó más cercano al portón, pero se perdió: no conocía la casa. Miró hacia atrás y aquella profunda desolación en la penumbra le hizo recorrer por la columna vertebral un escalofrío intenso que casi lo paraliza.

Recordó su lugar natal y que en parecidas circunstancias se vio cuando trató de robarse a María en la ladrillera de don Juan Antonio, donde decían que aparecía el duende, y aunque no se presentó la prenda en el lugar, tampoco lo espantaron, con excepción del susto que se llevó por la corrida que le dieron unos chuchos malandrines.

Movió el cuello para relajarse: estaba tieso, comenzó a caminar y no advirtió la presencia de un ladrillo en el piso, con el que dio traspiés y cayó embrocado justo frente al portón negro. Levantó la cabeza y lo vio tan alto como de cien metros; sacudió su melena lacia negra y decidió tomar en serio todo lo que pasara en adelante. Se puso de pie, corrió con dificultad cerrojos y pasadores, unos en medio, otros arriba, otros abajo y por fin cedió aquella mole que en medio de una nube de polvo dio lugar a una entrada estrecha.

Afuera había ya poca gente, que dándose cuenta de que el motivo de la aglutinación humana había desaparecido, se retiró y en menos de diez minutos la calle quedó desolada; sólo unos perros trompudos y chupados por la desnutrición lamían las tusas de chuchitos tiradas en el pavimento como evidencia de las buenas costumbres del chapín.

Eran las seis y media de la tarde en un día de junio. El sol, ya arriado, tendía sus últimos rayos en el horizonte. Hacía frío con vientos del Norte.

Pedro y Juan miraban hacia dentro y a la cara de don Francisco, él les sonrió para darles ánimo, penetró en el recinto, escudriñó los alrededores, miró al fondo y siguió adentrándose seguido de los guardianes, que no dejaban de ver para todos lados con muchos deseos de regresar y salir corriendo para su pueblo. En eso, lo inesperado: un ruido seco en el piso rompió el silencio; Pedro y Juan de tres zancadas estaban de nuevo a la entrada.

–¡Cálmense! –les dijo don Jorge–, fue un pedazo de repello que se desprendió. Todavía alcanzaron a ver por la pared a la rata causante del incidente.

Avanzaron lentamente por el corredor principal y abrieron la primera de las cuatro polvorientas y desteñidas puertas, cuidando que no fuera a derribarse sola. Rechinó y crujió raro. Juan introdujo sólo la cabeza en la penumbra del cuarto y sumió la mirada por las cuatro esquinas con sus rincones, retrocedió, y preguntó con una voz entrecortada:

–¿Nos quedaremos aquí?

–Así es –aseveró el constructor.

–Bueno, ahora para dónde –replicó el guardián.

Luego de serruchar, cepillar y clavar una tabla, hicieron de emergencia un par de canapés apenas a unos treinta centímetros del suelo; los colocaron a uno y otro lado en el fondo del cuarto con una mesa, también improvisada, en el centro.

La noche comenzó a cubrir la escena con su manto negro; a las estrellas con parpadeo burlón que se asomaron por el patio, pronto las recubrió una ráfaga de nubes grises. Aún no se había instalado la luz eléctrica, de manera que para iluminarse, encendieron dos candelas que produjeron ocho siluetas gigantes traslapadas en la pared opuesta y comenzaron a tomar su humo negro en espirales caprichosas como caras angustiadas de almas del purgatorio pidiendo perdón.

–Bueno muchachos, se quedan, mañana platicamos, estaré aquí a primera hora –les dijo don Francisco, dándoles una manotada de consuelo sobre los hombros.

Los guardianes lo vieron retirarse por el pasillo hasta la salida, con don Jorge. Los vieron estáticos, los vieron que volvieron a ver, oyeron un hasta pronto, que Dios los acompañe, y el portón se cerró de nuevo. Los guardianes se miraron las caras con la curiosidad de darse cuenta de quién la tenía más de miedo, pero se distrajeron al advertir que una de las candelas se había caído, entonces, con la vela hacia abajo, gotearon parafina sobre la mesa y luego le calentaron lo de atrás con la otra, la pegaron en la mesa y quedó bien firme.

–Para que veás cómo se hacen las cosas –exclamó Pedro.

Sacaron de sus cajas sus tujas para dormir, un tecomate con café ya frío y pan de paxtate.

Ese cuento –dijo Juan–, lo hubieras llenado mejor de guaro.

–Pues sí –asentó Pedro.

Deseaban que su madre, o por lo menos su abuela, los acompañara en aquellos momentos de tanto nerviosismo.

Comenzaron a pasar las interminables e intranquilas horas entre las pláticas y comentarios de lo que les había sucedido en su pueblo durante su niñez y su adolescencia, pero esto que les estaba pasando ahora había sido lo peor. Dieron las diez de la noche, apagaron las candelas: les daba más miedo el humo negro al que no le desprendían la vista, pero la oscuridad fue peor, no se miraban ni las manos, de todos modos tenían que acostarse. Se entrapajaron entre las colchas hasta la coronilla, todos enroscados, se pusieron a pelear con el sueño y no pudieron conciliarlo.

Los minutos pasaban lentamente, parecían años, y las horas, siglos; no supieron cuánto había transcurrido cuando se despertaron ambos en un solo sobresalto: sucedió lo esperado, pues algo habían oído de la Casa Grande, pero no tanto como aquello que los dejó petrificados como un témpano. Oyeron el gemido del viento serpenteando por los corredores de la casa, oyeron voces con respiración gruesa y ruidos de cadenas que las arrastraban acompasadas a pasos de golpe seco, paseándose a lo largo del corredor de uno a otro lado sin cesar: el ruido estridente los atormentaba más cuanto más se acercaba a la puerta del cuarto. Se quedaron sentados en la orilla de sus canapés de tablas de pino, a puerta cerrada, en el cuarto negro. La atracaron por aquello de que si al alma en pena se le ocurriera entrar a través de la pared intacta, se quedara trabada por las cadenas. En todo pensaron, no encendieron la linterna para no llamar la atención, trataban de respirar apenas, tampoco parpadearon ni se movieron de sus canapés de pino…, hasta que, ya en la madrugada, el sueño los venció y quedaron panza arriba sin taparse, pues al principio no sintieron el frío, hasta que por fin los despertó titiritando.

Había amanecido, los primeros rayos del sol se estaban colando por las hendiduras de la ventana.

Cuando por la mañana llegó el constructor a la Casa Grande de la 11 avenida, Pedro y Juan que tenían unas ojeras que les colgaban hasta el ombligo, con cara de espanto, le dijeron que otra noche no pasarían en esa casa. Le contaron lo acontecido y hasta le afirmaron que les habían tocado por la ventana y que les trataron de abrir la puerta. El pobre Juan, con la mandíbula desencajada, advirtió que podría tratarse de algún alma en pena que merodeaba por las noches.

–Ya veremos –dijo don Francisco–, puede ser que se trate de vándalos que quieren espantarnos para hacer aquí su guarida.

–No lo creo –continuó Pedro–, fue todo tan claro.

–Ya veremos, ya veremos, creo que contrataremos a la policía para que custodie la casa durante la noche.

–Bueno, pues si es así, probaremos de nuevo.

Comenzaron a llegar los trabajadores y los comentarios sobraron por de más, unos que sí, otros que no, pero aún sin ponerse de acuerdo, comenzaron a hacer la limpieza.

Había polvo por todos lados, removieron el ripio caído de la azotea y de las paredes y abrieron las puertas de los cuartos. Todo aquello lleno de telarañas, con paredes de casi medio metro de grosor, rajadas y con el repello desprendido en grandes proporciones, llenas de moho, que dejaban al descubierto los adobes con grandes agujeros, por donde descubrían toda clase de alimañas, algunas de gran tamaño, dado que no habían sido inportunadas durante muchos años. Tenían un olor fuerte a humedad, lo que les daba un aspecto macabro. Dos enormes alacranes, ya hasta peludos de tanto vivir, se saludaron cortésmente y bailaron tomados por las tenazas en el borde libre de una de las vigas, ya toda picada por la polilla, desprendiendo sus despojos que caían al suelo constantemente como brizna, formando en el suelo una alfombra crujiente a las pisadas.

Las gruesas puertas se conservaban bastante bien, no obstante el descascaramiento evidente de la pintura que se desprendía como escarcha; los pasadores ya oxidados se habían quedado unos corridos y otros sin correr y las bisagras rechinaban escalofriantes como la caja de Drácula. El piso manufacturado con mosaicos de enredaderas con flor de lis, rojas y verdes en fondo amarillo, simétricos y concéntricos, se había rajado y hundido por muchas partes y daba la impresión de estar viendo caras de demonios que amenazaban con tragarse a la gente.

Encontraron algunos objetos de valor, como un medallón tallado en bronce del que nadie se adueñó por temor a que estuviera impregnado de algún maleficio.

Efectivamente se encontraron cadenas, pero estaban fijadas al piso en la esquina de una antesala del trasfondo: eran dos, una tras otra con grilletes en el extremo.

–¡Suenan igualito a las que pasaron frente al cuarto de la entrada donde dormimos anoche! –aseguró Juan.

–¡No hombre! –dijo uno de los empleados.

–¡Y vos qué sabés!

–¡Callate!.

Llegó la tarde del día y los trabajadores, terminada su jornada, se fueron; sólo se quedaron Pedro, Juan y don Francisco, con el frío silencio de la Casa Grande de la 11 avenida.

–Esta noche no se quedarán solos –trató de consolarlos don Francisco–, tendrán custodia de la policía, todo está arreglado, vendrán cuatro agentes a las ocho y harán vigilancia en toda la cuadra. Tienen la autorización de disparar contra cualquier sospechoso que se acerque al lugar.

–Bueno, probaremos otra vez –dijeron al unísono los guardianes; pudo más su dignidad de hombres y la lealtad a su patrón, que el miedo a pasar otra noche igual en la Casa Grande.

Don Francisco regresó a su casa de Amatitlán en el último turno de las camionetas; de paso compró, en el mercado del Amate, mantequilla lavada envuelta en hojas que parecían de guanaba y que le daban un aroma especial. Llevó también salchichas de las rojas, mostaza y pan de rodaja de la panadería Las Victorias, frente al parque de La Concordia. Sus cinco hijos le esperaban en la puerta, preocupados por la tardanza, pero también ansiosos por el banquete que llegaría, pues siempre hacía lo mismo: nunca regresó a su casa con las manos vacías.

Los saludó con un beso en la frente a cada uno y a su esposa con uno en la mejilla. Con la mano derecha puesta en su sombrero gris de fieltro de ala angosta, con una plumilla roji–verde pequeña, sostenida por una cinta de gris marrón en la base de la copa, terminó el ceremonioso saludo. Se lo quitó y lo puso sobre el sillón de lona, donde solía descansar, y se encaminó al comedor. Se le miraba la seña que le había dejado el sombrero sobre su frente y su pelo negro quebrado y humedecido por el sudor. Se sentó en la mesa al lado derecho de la cabecera, ocupada por su esposa.

En medio de la algarabía de sus hijos, le resumió lo acontecido en la Casa Grande de la 11 avenida y le preguntó cómo seguía su embarazo. Hablaron de los preparativos para trasladarla a la capital por unos días, en la víspera del advenimiento de la reposición del hijo que habían perdido a consecuencia de la difteria, que le arrancó la vida a los cuatro años.

El penúltimo tenía siete años. El día del deceso vio entrar a su padre con su hermano en brazos marcado con la lasitud y la palidez de la muerte; caminaba con él, deprisa, estrechándolo aferrado contra su pecho como no queriendo despedirse de su retoño. Lo encaminó hasta su cuarto con una expresión de dolor que le hubiera partido el alma al ser más insensible y lo recostó en su lecho como lo hacía siempre cuando lo dormía. El hermano no les desprendió la mirada, recordó las tantas veces que había jugado con sus manitas y le pareció escuchar la canción de cuna de su madre. Sintió un vacío profundo; la gente entraba y salía de los cuartos, en aquella confusión no tenía a quién acudir. Vio a su padre recostarse en el respaldo de su cama con la frente apoyada sobre sus brazos cruzados y escuchó el sollozo de su llanto, tuvo el impulso de consolarlo, pero se quedó paralizado y soltó también el llanto. No se dio cuenta del tiempo transcurrido, pero al final únicamente su soledad le acompañó en su angustia de niño. Le tranquilizó la idea de que si su hermanito era inocente, iría directo al cielo, y se reconfortó.

Las horas le pasaron flotando en una mezcla de incertidumbre y de tristeza. Se llevaron a su hermanito hasta el cementerio en su cajita de blanca seda; en su lápida hecha de mármol de ocho por diez pulgadas, con un niño tallado en alto relieve recostado sobre su cuna, aún puede leerse: Gabrielito Gómez, 1947.

Pasó el tiempo, y ahora don Francisco y su esposa se hacían nuevas ilusiones en el advenimiento del vástago por nacer, deseaban con vehemencia que fuera un varón, y así fue: se llamó Ángel Gabriel.

A primeras horas de la mañana del día siguiente, el constructor llegó a la Casa Grande de la 11 avenida, tocó al portón martillando el aldabón…, no le abrieron. Tocó de nuevo y luego otra vez y otra vez, hasta que por fin rechinaron las hojas y apareció primero Pedro y luego Juan, que lo traía agarrado por el cincho, del que no se había desprendido en toda la noche, aduciendo que si habrían de llevárselos que fuera juntos. Presentaban cara de zombis, la quijada caída, los ojos desorbitados, estaban pálidos y con el pelo parado.

–No nos quedaremos una noche más aquí –exclamaron.

–Está bien –aprobó don Francisco–, esta noche yo me quedaré.

Miró a lo largo de la calle para comprobar la presencia de la policía, pero no vio ni jota: no se habían atrevido a llegar.

–Pueden irse, vayan a descansar a su casa, les espero mañana.

Se fueron casi huyendo. Les dio asueto a los demás trabajadores indicándoles que no se iniciarían las labores hasta nueva orden.

Lo abrazó la soledad, vio al fondo y su mirada se perdió en cuanto detalle pudo observar. Un rayo de sol traspasaba el fondo del corredor, haciéndose añicos el reflejo en una palangana blanca llena de agua. Sintió un escalofrío que le corrió de la cabeza a los pies y se le erizó la piel, pero estaba resuelto a seguir adelante como buen curioso, era demasiado tarde para hacerse atrás y no cumplir su promesa. Respiró profundo y se dijo para sí: “volveré tarde”.

Y así fue, a las seis, cuando el sol de junio, amarillado, aún acariciaba con sus rayos el horizonte del ocaso, abrió el portón que empujó con el hombro derecho y encontró la casa… Sintió una sensación de tranquilidad, estaba en paz con el mundo, no tenía por qué temer. Acomodó su ropa de dormir sobre el canapé; escuchó ruidos que luego asoció con ratas que huían despavoridas por la presencia del intruso. Se acomodó en una silla que había y meditó sobre lo que podría pasarle. Estaba armado, llevaba su Colt 38 cañón corto. Pensó en su esposa, que de un momento a otro estaría en trabajo de parto y no estaría con ella; pensó en sus hijos, le preocupaba la segunda de sus hijas, que también estaba por componerse.

A las siete de la noche salió a cenar y, como era su costumbre cuando estaba impaciente, salió a recorrer las calles para matar el tiempo, observando en las vitrinas manufacturas que luego reproduciría en su taller de carpintería. Dieron las diez y decidió regresar. Entró en la casa, cerró el portón y prendió su linterna, alumbró a los lados, hacia arriba y luego a la profundidad, y allí estaba…, allí estaba de nuevo el escalofrío, se dominó y se encaminó hasta el cuarto, puso la linterna sobre la silla y siguió con la mirada el cordón de luz que se estrellaba contra la puerta. La candela ya estaba asentada sobre la mesa, la encendió con sus fósforos de madera. Estaba rodeada de cabos muy cortos, aún con sus mechas negras entre derrames irregulares de parafina, testigos del pánico en las dos noches anteriores. Se quedó viendo por un momento las espirales bailonas del humo negro en la punta de la llama, apagó su linterna y se dispuso a recostarse a leer la prensa. Comenzó a dormitar y por fin lo venció el sueño, apenas tuvo energía para apagar la lumbre de la vela…

El reloj de la catedral dio sus doce campanadas, que sonaron lejanas, con un eco de melancolía. Se incorporó (tenía la cualidad de tener un sueño ligero, atento siempre a lo imprevisto), agudizó el oído y en medio de la oscuridad y del profundo silencio, sonó en el corredor un traquido como cuando se golpea una tabla contra el piso y tras una pausa breve…, comenzó el ruido de cadenas arrastrándose por el corredor: chiclín, chiclín, chiclín… Algo se deslizaba por el piso: ras, rass, rasss, que alternaba con algo como pasos: tlac, tlac, tlac.

Tuvo el impulso de abrir la puerta, pero el temor de encontrarse con un ser de otra vida, lo dejó quieto. Sintió miedo, pero no se aterró y conservó la calma habitual. Encendió de nuevo la candela, se sentó en el canapé, sacó debajo de la almohada su Colt 38 de cañón corto, la tomó con la mano izquierda y desensambló el tambor con la derecha, se aseguró de que estuviera cargada, lo hizo girar y con una sacudida –aún dando vueltas– lo restituyó en su lugar, colocando el arma sobre la mesa.

Afuera, se prolongó la orquesta de ultratumba hasta las dos de la madrugada, cuando cesaron los ruidos y todo volvió a quedar sumergido en un lúgubre silencio, tan silente que hubo de ser el único que habría de oír en toda su vida… ¡De pronto!, un soplo le apagó la vela, no había viento, todo estaba quieto, inmóvil.

–¿Qué pasa? –pensó. A tientas encontró los fósforos sobre la mesa, pero se le cayeron de entre los dedos, estaba aumentando su tensión, buscó en el piso, dio con ellos y encendió la candela. Se recostó con su brazo derecho apoyado sobre la frente, le pareció escuchar los latidos de su corazón, fuertes y rápidos… ¡En eso!, de nuevo el soplo, la candela volvió a ser apagada, encendió tan rápido como pudo su linterna, buscó en todas direcciones y nada… La encendió otra vez y otra vez se la apagaron; más que miedo sintió coraje al no poder hacer algo…

–Bueno –pensó–, ¡a la puta con esto!, será mejor que trate de dormir.

Se acomodó, se cubrió con la sábana y se quedó boca arriba con los brazos entrecruzados en la nuca. Le comenzaron a resbalar los párpados sobre su mirada fija en la oscuridad, cuando, ¡de repente!, lo despertó una cachetada que lo hizo brincar del susto, buscó su linterna pero no la encontró.

–¡Calma! ¡Calma! –dijo para sí y allí estaba, allí estaba…, la linterna a sus pies. Se había resbalado de las sábanas cuando se tapó. No supo qué hacer de momento, si la dejaba encendida se le gastarían las pilas y si encendía la candela se la volverían a apagar. La situación le colmaba la paciencia, pero optó mejor por no prenderla. Ni siquiera había pensado en acostarse, cuando recibió otra cachetada, pero esta vez ya no se alarmó y entonces preguntó en vos alta: –¿quién anda aquí, qué es lo que deseas de mí…? –Sólo le contestó el viento, que comenzó a soplar con más intensidad… Pensó en la posibilidad de un mensaje que algún espíritu quería darle.

No supo cuánto tiempo estuvo con los ojos abiertos tratando de ver el techo, hasta que se quedó dormido y amaneció.

Pedro y Juan primeriaron a las seis de la mañana, don Jorge llegó a las siete, estuvieron martillando el aldabón varias veces, pero nadie respondía. Juan adujo algo así como en broma, que si no sería que también lo habían convertido en alma en pena y mejor decidieron esperar. A las ocho traqueó el portón, los guardianes se sobresaltaron, estaban nerviosos. Se abrió la hoja central y apareció don Francisco todo desencajado, no por el miedo sino por el agotamiento que le dejó la noche. Los saludó y sin dejar de mirar fijamente, el propietario les dijo:

–Esto no será tarea fácil. Que hoy no asistan los trabajadores, sólo ustedes tres me esperan, volveré por la tarde. –Y se fue con su paso firme taconeando sus zapatos.

Los muchachos ya estaban un poco impacientes cuando apareció de nuevo, a eso de las cuatro de la tarde, con un amigo espiritista: un personaje de mediana estatura, tez blanca, cabello quebrado color claro, vestir elegante (con corbatín de mariposa). Saludó atentamente y ya conociendo los antecedentes de la casa grande, entró y escudriñó todos los pasadizos y corredores con sus rincones…

–Hay algo raro en el ambiente –aseveró.

Don Rubén, que así se llamaba, era médium de un grupo espiritista. Tenía la capacidad de que, cuando entraba en trance, su espíritu podía descender por debajo de la tierra. Por esta cualidad se dedicó por mucho tiempo a buscar tesoros enterrados, pero aunque nunca encontró nada, esta vez su participación en dilucidar el misterio de la Casa Grande sería definitivo. Adujo que su protectora espiritual era Juana de Arco y que acudiría a ella para que lo ayudara, como lo solía hacer. Contaba que alguna que otra vez lo había regañado por eso de los tesoros, pero nunca fue nada en serio. Se refirió a don Francisco diciéndole que volvería en tres días, necesitaba tiempo para los preparativos.

Por fin, todo estaba listo. Se reunirían en el lugar de los hechos esa misma noche a las diez, asistirían los guardianes, el propietario, el constructor, el médium y un inducidor del trance. Deberían tener una mesa con mantel blanco, un vaso de agua, una rosa blanca, una silla y cuatro candelas altas para colocar en las cuatro esquinas del cuarto. Pedro y Juan tragaron saliva espesa, tenían la boca seca.

Transcurrieron horas interminables, pero llegó el momento y allí estaban de nuevo reunidos; el último en llegar fue don Rubén, quien les presentó a Seferino, el inducidor del trance. Era un hombre alto y huesudo, con pelo lacio y negro que le caía como tusas deshilachadas sobre las orejas de soplador; tez muy morena, percudida y medio arrugada, pómulos saltones, nariz aguileña prominente, mejillas chupadas, cejas espesas que le colgaban como pelos de brochas sobre los párpados. Lo que más impresionaba eran sus ojos pequeños y chispeantes refundidos en sus cuencas.

El tiempo fue pasando entre la selección del lugar y los preparativos para la invocación espiritista. Hasta ese momento se habían alumbrado con linternas, pero una vez colocadas las candelas ya encendidas en las cuatro esquinas del cuarto, las apagaron y aparecieron en la pared las siluetas negras gigantes como fantasmas de los asistentes. Ya sólo estaban esperando el momento crucial.

–¿Qué horas son? –preguntó con voz ronca y entrecortada el inducidor y, aunque todos tenían reloj, nadie vio la hora por estarle siguiendo los movimientos al inusitado personaje de última hora, al que no le desprendían la vista. Sólo don Francisco contestó:

–Las once y media.

–Bien, entonces comenzaremos antes de que sean las doce, para evitar que el espíritu comience su pena cotidiana de años.

Había un silencio sepulcral, se mantenía un suspenso como si el tiempo se hubiera detenido. –Siéntese–, se le ordenó a don Rubén, quien retirando lentamente la silla se acomodó contorneándose para quedar bien asentado y colocó las manos extendidas sobre la mesa con la rosa blanca a la derecha y el vaso de agua a la izquierda. Los testigos, con la respiración agitada por el denso olor a humo parafinado, permanecían de pie a unos dos metros de distancia…

El inducidor clavó su mirada chispeante en las pupilas del médium, levantó los brazos y apuntó hacia delante con sus dedos nudosos y afilados, que parecían desprender destellos.

–Podrás colaborar –le preguntó, a lo que el interpelado asintió con la cabeza y cerró los ojos tan despacio que parecía agonizante…

–Duerme…, duerme…, duerme… –Fue lo último que oyó don Rubén antes de entrar en trance. Al rato le comenzaron a temblar las manos, las que mantenía extendidas sobre la mesa, y luego también los brazos. Los dedos del inducidor vibraban enérgicamente y junto con ellos las canillas de Pedro y Juan: no podían disimular el miedo que atravesaba sus pantalones vueludos confeccionados con dacrones de la fábrica de Amatitlán. Don Jorge estaba sudando frío con los ojos desorbitados; don Francisco conservaba su serenidad habitual, observando atentamente.

Nadie supo cuánto tiempo había transcurrido. Cuando sonaron las doce campanadas del reloj de la catedral, la mesa se levantó del piso unos diez centímetros y luego descendió lentamente.

–Ya casi llegamos –anunció el hombre alto. Había tenido alguna dificultad por los nervios destemplados de los guardianes. Tras unos minutos de escalofriante suspenso, salió de las cuerdas vocales del médium un ronquido balbuceante muy grave, combinado con burbujeo traqueal.

–Este ya se murió –pensó Juan, como resistiéndose a creer lo que había oído, pero fue peor el susto cuando lo vio gesticular: fruncía la frente, apretaba y estiraba los labios, arremangaba la nariz. La piel tomó la palidez grisácea de la muerte, y sudó profusamente… Comenzó a tranquilizarse. Sin abrir los ojos, levantó la cabeza como si mirara al vacío y exclamó con voz bien articulada y clara:

–He aquí mi protectora, Juana de Arco ha llegado, ahora se encuentra entre nosotros. Me dice que tardó un poco en venir porque estaba auxiliando a otra su protegida en el Japón.

En vano Pedro abría con gran esfuerzo sus ojuelos, fijando su mirada a uno y otro lado tratando de ver a la nueva visitante. Había bastante frío, lo que le hacía titiritar aún más los maxilares.

–¡Bien! –indicó el hombre del pelo negro de tusa deshilachada–, ya estamos, ¡vamos Rubén!…, camina por toda la casa, explora todos los rincones por encima y por debajo de la tierra…, ¡camina!, examina bien, ¡camina!, ¿ves algo?

–No, aún no –contestó el médium.

–Sigue pues, sigue…

–Estoy en el corredor…, me cuesta avanzar, me siento muy pesado…

–¡Haz un esfuerzo y sigue, sigue!…

–¡Sí, eso hago!

–Ve por los pasillos, encamínate y mira al fondo del corredor…

–No distingo nada… ¡Espera, espera!

–¿Qué ves?

–No lo sé, no distingo bien.

–¡Concéntrate!

–Eso trato de hacer… ¡Sí!, es algo con una albura radiante en el fondo del corredor, avanza hacia mí muy despacio… ¡Es una mujer!, con túnica blanca, muy bella, su pelo negro ondulante le cae a uno y otro lado sobre sus hombros hasta su corpiño. Su brazo derecho con su mano entreabierta lo extiende hacia mí, sus pies menudos con apariencia de ángel están prensados por los tobillos con grilletes que continúan con cadenas fijadas al piso, no puede avanzar, está estática…, pero, algo me señala con el índice de su mano de niña, lo hace con insistencia… ¡Ya!, señala hacia el cuarto donde están ustedes, me parece que señala en esa dirección y luego hacia abajo del piso…

–Regresa entonces –ordenó el hombre de las cuencas profundas…

–¡Bien!, aquí estoy.

–¡Explora pues!, mira bien en la esquina donde te indicaron, desciende si es preciso por debajo de la tierra.

Todo aquello colmó los nervios de Pedro y Juan, que seguían titiritando de frío y miedo, más ahora por las ganas de orinar, a lo que tuvieron que aguantarse, pues cualquier circunstancia podía interrumpir el trance de don Rubén, a quien se le suponía ya bajando por el subsuelo… Transcurrieron los minutos; el silencio y la penumbra seguían dominando en el ambiente, hasta que volvió a hablar el médium…

–¡He aquí! –dijo–, lo que nuestra hermana quiere mostrarnos. Es el esqueleto de un niño recién nacido, que está justamente por debajo de los ladrillos en la esquina, al fondo, en el interior de este cuarto.

–Ven hermana, ven… –decía el médium, había regresado ya al corredor y llamaba a la mujer bella de la túnica blanca–, libérate de tus cadenas que sólo son un símbolo de tu pena, toma mi cuerpo y él hablará por ti, ¡ven!…, ¡ven!… –le volvió a decir…

Pasaron unos minutos y se percibió en el ambiente una densidad como si se tratara de una persona o algo que hubiera penetrado en el recinto… Don Rubén contorsionó la nuca hacia atrás, luego hacia delante, se quedó quieto, siempre con las manos extendidas sobre la mesa. Se escuchó un sonido como un crujir de cuerdas vocales, despegó el mentón del pecho y se enderezó aún con los ojos cerrados, comenzó a gesticular, se miraba que hacía un gran esfuerzo…, y se fue tranquilizando lentamente… Comenzaron a rodar lágrimas por sus mejillas, acompañadas de un llanto suave, pero que reflejaba dolor y padecimiento sentimental: estaba ya poseído por el espíritu e inició su relato con un timbre de voz sollozante:

–Heme aquí hermanos, soy Margarita. Yo viví en esta casa hace cincuenta años, en ella fui una niña muy feliz, hasta que llegada mi adolescencia, por descuido y por un engaño doloroso por parte de mis padres y de un hombre que se hizo pasar por amigo de la familia, mi vida se volvió un tormento. No recuerdo bien si era un profesional o un funcionario que visitaba con frecuencia el hogar. Tenía los ojos saltones, con mirada profunda y cejas pobladas con puntas hacia fuera, como Satanás, pelo crespo que se cortaba en punta sobre la frente, tez clara con nariz aguileña. Era delgado y de mediana estatura, vestía a la usanza de principios de siglo, siempre de negro con saco de levita corta y solapas anchas y puntiagudas. Para mí, contrastaba con todas las caras de los ángeles y santos, que era lo único que había visto en los escaparates de la casa en toda mi vida, la cual transcurrió con una educación rigurosa, apegada estrictamente a la religión, con tal recato, que mis vestiduras siempre blancas como la túnica que ahora llevo, apenas dejaban mostrar la punta de mis zapatillas, mis manos y mi cuello.

”Me llamaba la atención su figura extravagante y sobre todo sus atenciones delicadas. Con frecuencia aparecía con presentes como prendedores, anillos, gargantillas de cadena fina con medallas de la Virgen Inmaculada, diademas de brillantes que caían colgados sobre mi frente, haciéndome lucir como un ángel extraviado en este mundo. Su voz grave y serena era convincente, pasaba horas fascinada a su lado, me contaba historias y anécdotas que verdaderamente me mantenían emocionada y aumentaban mi atención hacia él. He pensado que mis padres, de alguna manera, me estaban preparando para un matrimonio con un personaje acaudalado, pero no sucedió como lo querían. Pues en una tibia tarde de abril, cuando los acercamientos suelen ser insinuantes y peligrosos sin quererlo, aprovechó la confianza de ellos al dejarnos solos en la casa y le amé, y no supe si él también me amó en esa entrega total; pero de aquella primera y última, terrible y dulce tarde, quedó el producto en mis entrañas y aquel hombre raro del mal, atrayente por su contraste con la apariencia de los santos impúberes, se perdió en las sombras del tiempo y de la nada.

”Mis padres lo extrañaron, pero no fue tanto, hasta que se dieron cuenta de mi embarazo, ante lo cual se me trató con los reproches y desdenes más amargos que pudo resistir mi alma atormentada. Sólo me alegraba la idea de que aquello que estaba dentro de mi cuerpo sería algo que siempre amaría. Fui recluida en mi cuarto, que fue una prisión de desesperanza y desolación. Lo hicieron ante la cobardía de no sufrir la vergüenza de enfrentarse a la sociedad. El vecindario y sus amigos, intrigados por mi ausencia, les indagaron, pero fueron mal informados sobre un supuesto viaje emergente e imprevisto que había tenido que hacer a los Estados Unidos. Mi rebeldía por escapar de aquel tormento me hizo intentar la fuga en varias ocasiones, pero siempre resultaba frustrada por la vigilancia permanente. Entonces, para colmo de lo que ya me estaba pasando, fui encadenada con grilletes fijados al piso, que terminaron por agobiarme más el alma y perder toda esperanza de vivir. Aún así me sobreponía, pues algún día pensaba abrazar a mi bebé, con toda mi ternura…

”Transcurrieron aquellos interminables meses, entre la incertidumbre de lo que nos pasaría, quizá mi hijo estaba consciente de que lo amaba, por los mensajes que le mandaba acariciando mi vientre; pero aprendía a odiar al mundo por la incomprensión, y no tuve otro remedio que consolarme con mi soledad. Cuando menos lo esperaba, aparecieron los dolores del parto. No llamaron a nadie para que me asistiera, sólo mi madre con su solemne ignorancia trató de ayudarme. Mi padre se fue a la calle, huyendo de su pecado. Comencé a sangrar y a sangrar, cada vez más y más. El cuarto se tiñó de rojo por todos los rincones, me fui poniendo pálida, estaba completamente desfallecida. Expulsé algo, pero no era el niño, sino la placenta que se vino de primero. Yo no tenía muchas ansias de vivir y tuve un fuerte presentimiento que me aterró: no sobreviviríamos…, y así fue. Me fui quedando dormida en el sopor de la tragedia, alcancé a ver todavía que mi madre, en sus manos ensangrentadas, sostenía al niño con su cuerpo flácido: estaba muerto. Ella se quedó estática, petrificada de remordimiento frente a mi lecho de púrpura, sin poder hacer nada. Un retumbo lúgubre resonó en mi cabeza. Hice el último esfuerzo que debí hacer por lo más grande y sublime en los minutos que me restaban de vida: extendí mis brazos hacia mi hijo, mi madre me comprendió y lo colocó en mi regazo, lo estreché entre mis manos contra mi pecho, para darle todavía la última gota de calor que quedaba de mi cuerpo frío. Se me nubló la vista…, todo se me oscureció y fallecí.

”De inmediato se hizo una limpieza meticulosa del cuarto. Al público le contaron que al regreso de mi viaje traía una rara enfermedad que me había privado de la vida al llegar a casa. El niño fue enterrado en este mismo cuarto en la esquina del fondo. Nadie trató de averiguar algo sobre lo sucedido, ni siquiera la policía, ya que mi familia era muy influyente, y por lo tanto, incuestionable. Fui enterrada en el Cementerio General, conforme a los santos sacramentos de la ley de Dios, pero mi espíritu quedó aquí, junto a mi hijo.

En el ambiente de la sesión, ya no se percibía tanto miedo, sino una mezcla de consternación e indignación ante aquella historia insólita. Don Rubén comenzaba otra vez a gesticular, estaba recobrando su propio espíritu y comenzó a hablar:

–Mucho fue lo que sufriste en vida, hermana mía, hemos comprendido la causa de la pena que te ha mantenido ligada a esta casa. He hablado con mi protectora Juana de Arco y me dice que tu hijo será desenterrado y se le dará cristiana sepultura y que tú irás con ella, te acompañará hasta el lugar de remanso de los muertos y podrás descansar en paz por la eternidad, ve pues y deja de deambular por este mundo.

Eran las cuatro de la madrugada, el hombre alto de la piel pardo-grisácea retiró sus dedos que apuntaban hacia el médium, todos los asistentes respiraron profundo en señal de aprobación. Con un parpadeo de cansancio, don Rubén empezó a abrir los ojos.

–¿Cómo te sientes? –preguntó Seferino.

–Bien– contestó.

–Bueno– relájate.

Las candelas seguían humeando en las esquinas, chorreteadas en goterones, a lo largo de un poco más de la mitad de su existencia. Observaron que sólo la de la esquina del fondo estaba apagada, fue la señal de Margarita, sobre el lugar donde estaba enterrado su hijo y de que todo había terminado.

Estaba por amanecer, ninguno de los asistentes a la ceremonia quiso descansar, abrieron las puertas del cuarto y ya en el corredor se estiraron con brazos y piernas extendidas. Bostezaron, el aire se respiraba fresco y se miraron los rostros, cada quien tenía las respectivas huellas del desvelo. Al personaje de los ojos hundidos, casi le habían desaparecido en la profundidad.

–Trae un martillo y una cuchara de albañil –le dijo don Francisco a Pedro–, excavaremos en la esquina del cuarto.

Los rayos del sol se habían asomado entrecortados por los barrotes de la ventana, estaba ya claro.

Sonó el martillo en golpe seco resquebrajando el piso, hasta que quedó hecho añicos y se pudo remover. Luego la cuchara siguió el cauce de lo que se buscaba, tropezó con algo: era la caja del muertecito. Ante la mirada ansiosa por la curiosidad de los testigos, Pedro continuó excavando por los lados, teniendo cuidado de no estropearla. No sabían con certeza si encontrarían lo que había descrito Margarita. Descubrió la tapadera, aflojó bien la tierra por los costados, hundió sus manos en el material arcilloso, la enganchó entres sus dedos y la sustrajo en vilo, la colocó a un lado, pidió un trapo y la medio limpió.

Mediría unos sesenta centímetros de largo por veinticinco de ancho, aunque no estaba tallada, estaba bien pulida. Había sido hecha de emergencia por un carpintero que nunca supo para qué serviría, por eso no fue de blanca seda, sino de conacaste puro. Se conservaba aún entera.

–Traé un desarmador y un martillo de uña –le dijo a Juan y frente al estado atónito de los expectantes, poco a poco, con un crujido destemplado, levantó la tapa de la pequeña caja mortuoria. Allí estaban los restos momificados del niño, con el pellejo pegado a los huesos, acurrucado, con la frente pegada a las rodillas y ambos brazos enrollados a sus pantorrillas, como si aún sintiera frío. Don Jorge tenía cara de susto. Los guardianes se santiguaron con un Ave María Purísima, no así los espiritistas, familiarizados con el más allá, ni don Francisco, por su concepto práctico de la vida. El constructor cerró de nuevo la tapa, la remachó con otros clavos para asegurarla bien.

Acudieron al párroco de turno de la catedral, quien aceptó acompañarles al funeral. Esa misma noche fue velado en el mismo cuarto y en la misma esquina donde reposó durante cincuenta años. Al día siguiente, se hicieron los trámites de ley para poder sepultarlo en el Cementerio General. Se entramparon un poco, pues la policía no muy creyó la historia. Como no hubo nicho disponible, se le pagó al custodio del cementerio para que excavara una fosa en el fondo, hasta atrás.

Con las agujas del reloj apuntando a eso de las cinco de la tarde, la comitiva de los seis: Pedro, Juan, don Jorge, don Francisco, don Rubén y Seferino, con el sacerdote y el sacristán, estaban realizando la ceremonia del cristiano enterramiento…

“Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…”, se escuchó el rezo con eco melancólico en la profundidad de la lejanía… Comenzó a soplar el viento y jugueteó haciendo círculos con la hojarasca sobre el panteón. Al grupo lo embargó una sensación de nostálgica paz. Don Francisco colocó una corona de ciprés con claveles blancos que había comprado en la entrada del cementerio.

–No puede quedarse sin cruz –pensó el constructor, sería lo último que haría por él. La hizo tallada en madera con la inscripción de su nombre en un tablero que colocó en el centro: aquí yace Aquiliano. Pero…, ¡no tenía apellido!

–Qué más da, le daré el mío: Gómez –dijo en voz baja.

Al día siguiente, a la misma hora del entierro, fue a colocarla, esa vez sin compañía, no quiso testigos, quería estar un rato a solas con el muertecito.

P.D.
Esta historia es verídica. Los hechos de la Casa Grande sucedieron un poco antes de la mitad del siglo XX, en la once avenida y décima calle de la zona 1 de la ciudad de Guatemala, en lo que hoy ocupa la parte posterior del Colegio Belga Guatemalteco, que aún conserva en su interior algunas estructuras de esa época, como lo es una pileta circular que pudo ser una fuente ornamental. Los nombres de los personajes principales son reales.

Esta obra está dedicada al constructor Q.E.P.D., quien fue el que me la narró: mi padre, don Francisco.

 

Tomado del libro Meditación de otoño, Cuentos y Poemas, Miguel Saúl Gómez Mejía, 2012, Guatemala.