Antonina

Lucía Escobar

Ana C. fue la que sembró en mí la idea de que pariera a mis hijos en casa. Animada por el padre, buscamos una comadrona que viviera cerca de Quetzaltenango. En Concepción Chiquirichapa encontramos a Antonina Sánchez. Desde que la vi, supe que era un ser especial que me ayudaría a vivir de la forma más natural posible, el duro proceso del parto.

Antonina es una de las mujeres, más hermosas y sabias, con las que he tenido la dicha de compartir. Desde la primera consulta, supe que era privilegiada por poder acercarme a su manera de ver el mundo. Jamás me trato diferente de cómo trataba a sus otras pacientes. Me cobraba Q.5 la consulta. A nosotros nos daba pena que cobrara tan poquito y le llevábamos pan dulce o champurradas. De nada servía porque entonces nos correspondía con una caja llena de elotes o una bolsa de papás (las más ricas que he probado en toda mi vida), güicoyitos o tamalitos recién hechos.

Gracias a las conocedoras y expertas manos de Antonina, en cada consulta sabíamos en qué posición se encontraba el feto. Además le enseñó al padre cómo reconocer cuándo el bebé fuera encajando. Le explicaba también como sobar y masajearme la espalda cuando me dolía. Todas mis dudas, miedos y complejos fueron desapareciendo a medida que los planteaba. El trabajo de las comadronas es mucho más completo que el de un ginecólogo; no excluye el componente humano e incluye la empatía y la responsabilidad, cosas que lamentablemente no se aprenden en la universidad.

Antonina nació con un don, lo supo desde pequeña y tuvo la suerte de poder desarrollarlo en su aldea y de ganarse el respeto y la admiración de muchas personas. Ella logró hacer de ese don, una forma de vida, y movilizó a toda su comunidad para llevarlo a sus máximas consecuencias. Antonina construyó, con apoyo de otras comadronas y de migrantes, el primer centro maya mam de nacimiento formal con dos temascales, un laboratorio de medicina natural, un salón para capacitaciones y ocho salas de partos. Cuentan también con una ambulancia y con el apoyo de médicos voluntarios que hacen turnos por si surgiera la necesidad de resolver alguna emergencia.

Más de treinta años trayendo bebés al mundo le han dado a Antonina, una experiencia única, es capaz de saber con antelación cuando un embarazo es de riesgo, y sabe remitirla a donde corresponde. Gracias a ella, y a su inmenso don de vida, el parto de mis dos hijos se convirtió en una experiencia hermosa, segura, en el calor de mi hogar y rodeada de mis seres queridos. Con Antonina también me metí al Tuj o Temascal, donde me bañó, fajó y curó mis heridas a la manera tradicional. Por cada parto cobró Q.200 y hasta dejó lavadas las sábanas.

El valor social de una comadrona es invaluable. Cualquier estímulo o dignificación siempre será poco, comparado con lo que ellas aportan. Hace falta mucho para que su trabajo se valore como lo merecen. Un pequeño paso fue la aprobación del Decreto 3-2017 que da vida a la Ley de Dignificación de las Comadronas.

¡Me alegro por ellas, parteras de vida!

@liberalucha

Fuente: [https://laluchalibreblog.wordpress.com/2017/02/15/antonina/]
Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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